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lunes, 11 de enero de 2010

Mi maestra Jedi estaría orgullosa de mí

Si me preguntan qué me pasa, podría hacer un resumen usando personajes de ficción: de niño tenía los problemas de Calvin, de adolescente los de Sheldon Cooper y ahora de adulto (?) tengo los de Anakin Skywalker.

          Efectivamente, cuando era niño tenía increíbles problemas de atención. No importaba cuánta atención pusiera al profesor en el colegio, invariablemente acababa siguiendo con los ojos los patrones geométricos del tablero, del piso, de la camisa del compañero de adelante. Y tal y como Calvin era sorprendido por su profesora al volante de la nave de Spiff, a mí me preguntaban algo preciso cuando cuando ya iba por los paneles del cielo falso.

          Ya en mi adolescencia leía tanto, pero tanto, que tenía en mi cabeza descripciones de lugares y situaciones con los que mis compañeros ni siquiera soñaban. Por eso cuando me escuchaban hablar, todos creían que yo era inteligentísimo (todos, menos mis profesores de álgebra, trigonometría y cálculo que me miraban con profunda conmiseración). Obvio que las gafas culo de botella ayudaban un poco a la imagen. El hecho es que tenía una idea muy clara de cómo debería ser el mundo si fuera regido por la lógica y la razón, y al igual que Sheldon Cooper encontraba muy perturbador que la gente no cumpliera su palabra o que su proceso de toma de decisiones fuera más emotivo que racional.

          Ahora, aunque tengo la edad emocional de un niño de 25 años, las canas en mi barba y en las cabezas de mis ex compañeros de colegio me dicen que ya se supone que debería ser adulto. Ahora el lío es que todo sale distinto a como lo he planeado. Si me pongo a revisar mi historial a la luz de modernas teorías psicológicas, encajo en cuanta vaina rara hay, desde el Síndrome de Asperger hasta el Trastorno de Déficit de Atención. Mejor dicho, a diferencia de Anakin Skywalkwer, aguantarse las ganas de ceder al lado oscuro es una pendejada al lado de todo esto. Sin embargo, mi maestra Jedi insiste en que son puras ganas mías de joder.

          La última tarea que me puso antes de irme del país fue que me expusiera voluntariamente a la situación que más me incomodara. Prueba superada (fácilmente). Lo que no me imaginé es que la verdadera prueba de fuego estaría en mis vacaciones.

          Resulta que cuando volví al país, no llegué directamente a mi casa sino que de Bogotá pegué para Santa Marta a unas vacaciones organizadas por mi mamá “con todo pago”. El problema es que cuando mi mamá paga, significa que es bajo sus condiciones y automáticamente dejo de ser un adulto que toma sus propias decisiones para convertirme de nuevo en un niño de 8 años. Y como me gasté los restos de mi tarjeta débito en el vuelo a Santa Marta, dependía absoluta e irrevocablemente de mi mamá hasta para comprar una bolsa de agua. Es la sensación más desagradable que se pueda experimentar (después de deberle plata a la DIAN, por supuesto).

          La tapa fue cuando traté de volver a casa y no pude hacerlo por avión a pesar de que estuve más de una hora intentándolo. Así que resignado, compré un pasaje en bus para el lunes festivo y empecé a mentalizarme para un viaje de 24 horas por medio país. Sin embargo, cuando fui a montarme al bus, encontré con que Brasilia nos había estafado: el bus viejo e incómodo en el que pretendían enviarnos a Cali no era el carísimo transporte por el que habíamos pagado. Obviamente todos los viajeros protestamos y pedimos a la Policía que interviniera. Cuando dijeron que iban a ver si de pronto nos podían asignar otro bus en tres horas o al otro día, yo opté por cambiar mi pasaje para el siguiente día y devolverme a Santa Marta. Una fuerza misteriosa me retiene aquí contra mi voluntad y nada me encabrona más que verme forzado a hacer algo contra mi voluntad.

          Pero nada. Al mal tiempo, buena cara. Ojalá tuviera con qué pasear el día que me queda. Hasta ahora he logrado monitorear permanentemente mis reacciones y purgar las ideas irracionales que llevan al Lado Oscuro. Y claro, me consuela preparar mi regreso a Santa Marta pero bajo mis condiciones. Junto a la carpa,  no sobra empacar el sable de luz.

sábado, 21 de noviembre de 2009

Perdón, Sigi...¿qué?

Todo empezó el primer día de Kinder en el colegio. La profesora llamó a lista y no escuché mi nombre. Temiendo haberme equivocado de salón, levanté la mano y le dije mi apellido. Ella buscó y sólo encontró un tal “Sigifredo Meza”, que obviamente no era yo. Asumiendo que era un malentendido de la secretaría del colegio, dejamos así por el resto del día de clases. Cuando le conté el incidente a mi mamá por la tarde, me sorprendió su reacción. Yo esperaba que se pusiera lívida de la indignación, o por lo menos que se burlara de lo brutos que eran en ese colegio, pero no...

Me explicó que así era mi primer nombre, sólo que a mí toda la familia me había llamado desde siempre “Andrés” a secas. Además la profesora no usó los dos nombres como para al menos darme una pista, sino que sólo leyó el primero (detestable costumbre que me persiguió hasta que me lo quité). La escena de la revelación de ese oscuro secreto familiar fue como la típica donde le confiesan al niño adoptado que sus padres biológicos son asesinos seriales, pero que fresco, que igual lo quieren mucho, bla, bla, bla. El hecho es que por el resto de la Primaria siempre conté con la tácita solidaridad de las profesoras que cuando llamaban a lista sólo usaban el nombre cuando hubiera más de un estudiante con el mismo apellido. Entre nosotros también nos identificábamos únicamente por el apellido, por lo cual era aterrador llamar a la casa de Galvis y sentir ese sudor frío que recorría la espalda cuando nos preguntaban “¿cuál de todos?” y caer en cuenta de que no tenía ni idea de cuál podría ser su nombre de pila.

Pero todo cambió cuando entramos a Bachillerato. Ahora los profesores eran insensibles a sutilezas como el trauma potencial que podrían infligir a un niño al marcarlo en público con un primer nombre como el mío. Ya estábamos en la época en que era MUY importante desarrollar una identidad propia y se consideraba incluso una falta de respeto llamar a alguien por su nombre y apellido normalitos. Era casi tan de mal gusto como regalarle a una amiga un bono de supermercado en lugar de tomarse el tiempo de averiguar qué le podría gustar. Cual vil cartel de narcos o columna guerrillera, en mi colegio reinaban los alias.

Obviamente me salvé de que me llamaran “cuatro-ojos”, “culo e’ botella” o algo peor por mis gafas: con un primer nombre como el mío no era fácil inventarse un apodo más ridiculizante o cruel. Otros no tuvieron tanta suerte. De haber estudiado entre mujeres, a Restrepo Cucalón máximo le hubieran dicho “Restre”, pero como tuvo la mala fortuna de caer en mi colegio, hubo un acuerdo tácito, unánime y demoledor de llamarlo desde entonces y por siempre “Cuca”. Y ya se imaginarán cómo quedó el apellido de Vergara después de la respectiva re-ingeniería.

Cuando llegué a la universidad me quité el primer nombre (un breve trámite ante notario), pero evitaba cuidadosamente a los ex compañeros de colegio para no revivir el apelativo que esperaba olvidar. Me sentía como esos ex convictos que ya pagaron la condena y no tienen cuentas pendientes con la justicia pero que prefieren no contar para que no los miren raro. Obviamente me convertí en víctima de innumerables chantajes, todo con tal de que no contaran ese oscuro secreto de mi pasado, especialmente por un amigo de El Clavo llamado Augusto. Con tan enorme rabo de paja, no sé cómo ha sido tan descarado.

En fin, de todo esto aprendí que es buena idea bautizar a los hijos con dos nombres para que se defiendan con el que más les guste (o que menos les incomode) hasta que tengan edad para cambiárselo. Bautizar a un hijo con un único nombre súper original es como arrojarlo a los lobos maniatado y amordazado, cosa que no pienso repetir. Más ahora que ya alguien se me adelantó y me quitó la idea de bautizar a un hijo con el nombre de “Automan”.

viernes, 11 de septiembre de 2009

El derecho a cagar dignamente

Mucho se ha hablado del derecho al trabajo, a la vida, a la libre expresión, incluso a morir dignamente. Pero es escandaloso que nadie se haya preocupado por el derecho más fundamental de todos: el derecho a cagar dignamente.

          Me parece fundamental porque en plena adolescencia sufrí un episodio tan aterrador que no se lo deseo ni a Chávez: me dio estreñimiento crónico y durante 11 días me fue imposible hacer uso del 'trono'. Ya podrán imaginar mi angustia: estando imposibilitado para evacuar lo que tenía que salir, cual niña anoréxica me negaba a comer para que no entrara nada que agravara la situación. Por los pasillos del colegio me arrastraba pálido, sudando frío, con los pelitos de la nuca erizados. A la semana ya parecía desplazado etíope: flaco y ojeroso, pero con una panza templada y perfectamente esférica. Pero lo peor de todo es que el baño de mi casa dejó de ser ese refugio de lectura y relajación para volverse el escenario de mis peores pesadillas.

          En vista de que el médico de la EPS sólo se burlaba de mi cobardía y me recetó simplemente que comiera banano, tuve que recurrir al tío médico. Una bolsa de lavado intestinal obró el milagro y fui libre de nuevo. Por eso propongo que La Corte Penal Internacional incluya en los cargos a la guerrilla las penurias por las que hacen pasar a los secuestrados cuando deben hacer del "número dos". También que los corruptos que se roban el papel higiénico de los colegios públicos sean condenados a ahorcamiento en plaza pública. Nadie debería verse privado del nirvana que experimenté cuando por fin pude asumir de nuevo la posición de super saiyajin en el mueble principal del baño. Juro que nunca fui tan feliz, ni siquiera cuando Gokú llegó a Namekuseí.

sábado, 16 de mayo de 2009

Lo que provocan una tubería rota, una bandeja paisa y una supernova

El domingo por la mañana me despertó una gotera. No es que me estuviera cayendo en el ojo, pero sí sonaba como un mortero israelí cada vez que una gota se estrellaba contra las baldosas de mi cocina. Tomé nota mental de avisar al otro día en la administración para que me arreglaran el daño y "dejé así".
          Por la noche cuando volví encontré el piso de la cocina completamente encharcado. Ya lo que era una simple gotera se había convertido en una mancha gris que abarcaba la mitad del techo, y la enorme cantidad de goticas cayendo al suelo le daban un nuevo significado a la palabra 'gótico'.
          Tuve que esforzarme para contener el instinto de macho que me urgía a sacar la caja de herramientas y encaramarme al techo para reparar el daño por mí mismo. Claramente, este caso requería atención profesional. Así que me enfundé los guantes de lavar (me hicieron falta las botas “la macha”) y armado de trapeador y un balde logré secar por fin el piso. Puse tres recipientes, grandes y pequeños, dispuestos de tal forma que, cual operativo de la DEA, capturaran la mayor cantidad posible de gotas fugitivas antes de que llegara a su destino. Era todo lo que podía hacer.
          Al otro día fui por Olmedo, el trabajador de la Unidad Residencial que atiende estos casos. En el camino me dijo que por ser los edificios tan viejos (más de 25 años) y por haber sido construida como un conjunto de interés social, la Unidad ya estaba presentando problemas de tuberías con alguna frecuencia. Sintiéndome ya como el protagonista de una tragedia de Shakespeare, acepté el daño como una fatalidad del destino que debía enfrentar con estoicismo y llevé al trabajador a la cocina para que viera lo que ya eran chorros de agua.
          Por la cara que puso y por la velocidad con la que salió corriendo, me imagino que se sintió como un astrofísico que ve una estrella a punto de convertirse en supernova o a un gastroenterólogo que ve a Céx después de tragar una bandeja paisa y declarar que "está malito". "Eso fue que se rompió una tubería en el piso de arriba" me dijo el trabajador cuando salí a perseguirlo en busca de una explicación, "voy a llamar a la aseguradora para que vengan a arreglar eso ya mismo".
          Como el vecino de arriba no estuvo en toda la semana, tuve que lidiar con las goteras: vacié los recipientes rebosantes en la cisterna del baño, me puse los guantes, sequé el piso, escurrí el agua del trapeador. Y luego volvía a hacer lo mismo. Y a las dos horas debía hacerlo de nuevo. A pesar de los guantes, el ejercicio de escurrir las hebras del trapeador me causaron más laceraciones en las manos que las pesas y la guitarra juntas. De no ser por eso, la secuencia repetitiva y en piloto automático de trapear-escurrir-trapear-escurrir hasta hubiera sido una práctica zen de esas que sirven para entrar en trance y dejar la mente en blanco.
          Pero bueno, finalmente llegó el sábado. El plomero de la aseguradora vino al apartamento del vecino de arriba a arreglar el daño. Los martillazos destrozando el muro para exponer la tubería rota sonaron a mis oídos como arpas de ángeles. Mi alegría sólo podía explicarse por el alivio de una situación que hizo mi semana miserable. Porque obviamente esta pequeña tragedia hacía que mis manos enrojecidas fueran, en la diminuta escala de mi propia existencia, el equivalente a un planeta que tenga la desgracia de ser vecino de la más chicanera de las supernovas.

sábado, 7 de febrero de 2009

¿Disciplina? ¿Qué es eso?

Yo sé cómo debe sentirse Sylar al destapar el cráneo de algún colega mutante, ya que de vez en cuando me asaltan epifanías donde entiendo todo con una claridad pasmosa. La última vez fui plenamente consciente de que mi mayor problema es la falta de disciplina, aunque la epifanía no me alcanzó para entender también si en mi caso se trata de un defecto de carácter o el síntoma de algo más profundo. Yo creo que es más lo segundo que lo primero, pero obviamente estoy especulando.
          ¿Y qué si es un síntoma de otra cosa y no una dolencia en sí misma? Pues que me toca seguir escarbando para saber cuál de mis demonios es el que me tiene en la mala y pues… prefiero evitar la fatiga como Jaimito el Cartero. Así que a falta de mayor evidencia y siguiendo el ejemplo del borracho del chiste, buscaré las llaves perdidas donde hay luz y no en todos los sitios donde se me pudieron haber perdido.
          ¡Ya sé! Puedo justificarme usando lo que aprendí del Dr. House: si hay dos posibles diagnósticos y no se tiene ni puta idea de cuál de los dos es, se aplica el tratamiento para uno. Si los síntomas desaparecen, entonces sí era el primer diagnóstico, y si no… pues no se sabe si es el segundo, pero al menos ya es mucho menos probable que sea el primero.
          Entonces la idea es emular a Sheldon Cooper y diseñar una elaborada estrategia para atacar la falta de disciplina como un defecto de carácter a ver si desaparece. Si no lo hace, entonces habrá que iniciar un largo y costoso proceso con una psiquiatra cínica y mordaz como la de Charlie Harper, a ver si le pega al perrito. La vaina es que para salir bien librado de un proceso de esos se necesita disciplina, que es precisamente lo que no tengo…
          ¡Mierda! Releyendo lo que acabo de escribir, me doy cuenta de dos cosas: que posiblemente mi falta de disciplina se deba a mi nunca bien ponderado talento para evadirme (ojalá me pagaran por ser como Calvin) y a que veo demasiada televisión.
          Me voy a meditar a ver si me llega otra epifanía.

martes, 23 de septiembre de 2008

Mis cinco hábitos extraños

Siguiendo el ejemplo de Bailarina, aquí van mis cinco hábitos extraños.


  1. Cuando leo el periódico empiezo a leerlo por la última página y sigo en ese orden hasta la primera. Me encanta llevarle la contraria a los diseñadores editoriales de los periódicos porque así encuentro cosas inusuales que no vería si viera el periódico como ellos lo vieron.

  2. Siempre trato de tener un repuesto de más en la alacena para cuando se me acabe el desodorante, el jabón, la crema dental, etc. Así, en el peor de los casos, me quedo sin repuesto pero no sin con qué espantar ese día el olor a dragón en huelga.

  3. Cargo en el bolsillo derecho del jean una libretica vieja y arrugada donde apunto de todo, desde una idea para un blog hasta las direcciones IP del servidor DNS de mi proveedor de internet.

  4. Al montarme en un bus o buseta, busco sentarme antes del segundo eje para que cuando el primate que conduce nos pase a toda velocidad por un hueco, no salir despedido por los aires gracias a la suspensión trasera.

  5. Siempre que llamo a alguien, incluso al celular, saludo “Hola, hablas con Andrés Meza”. Todos sin excepción se burlan porque tienen identificador de llamadas, pero las tres veces que no lo he hecho, me preguntan “¿Con quién hablo?”.


¿Cuáles son los tuyos?

martes, 9 de septiembre de 2008

Master of the Universe

A pesar de toda la bulla que le han hecho al enorme colisionador de hadrones (partículas subatómicas) europeo, el nuevo juguete de físicos cuánticos de todo el mundo, creo que el día de hoy será recordado por un logro mucho más impresionante.
          Sí señores. Hoy, preparé mi primera olla de arroz.
          Cansado de esperar a que la entropía hiciera algo útil por mi despensa, como que las moléculas del aire se organizaran espontáneamente en forma de lata de atún, me tocó tomar medidas drásticas. Salí a buscar algo que me diera la mejor relación beneficio/costo (en este caso dicha relación se traduce en  sensación de llenura / precio) y lo encontré en una bolsita de media libra de arroz que espero me dure toda la semana.
          Gracias a una receta de Adapar, logré preparar una comida satisfactoriamente llenadora y sin que se presentaran mis dos mayores temores: que el arroz quedara masacotudo o que se pegara a la olla. Con esto se completa la tetralogía de supervivencia que todo soltero debe conocer, y la misión cumplida me hizo sentir casi un alquimista medieval o como se sentirá el primer astrofísico que logre pillar infraganti a un agujero negro haciendo de las suyas (atragantarse a pesar de sus problemas de sobrepeso). Así que el hoyo negro que habréis de temer, no será el de Suiza sino el de este pecho ingiriendo arroz en cantidades industriales.
          Porque no es por nada, pero me quedó hasta rico.

lunes, 8 de octubre de 2007

El desnudo es el mejor disfraz

Recuerdo que cuando me pinté el pelo por primera vez, el único que no se mostró aterrado fue el rector de la universidad. De resto, todos los que me conocían antes del cambio me miraron entre aterrados y divertidos porque no me creían tan audaz como para salirme de los convencionalismos. Yo pensaba que haber tenido el pelo largo hasta los hombros durante varios años me calificaba como audaz, pero supongo que ahora cualquiera se deja crecer el pelo y más bien es audaz el que se deja hacer el corte militar. Un profesor para el que había trabajado me dijo cuando me vio, sacudiendo su cabeza de un lado a otro, que me había creído una persona seria hasta ese día (aclaro que cuando lo conocí ya tenía otra vez el pelo corto). Suficiente ilustración: lo que yo había considerado un cambiecito inocente y perfectamente normal para mi personalidad, como ponerse una camiseta de Rammstein o dejarse el candado de traqueto, resultó siendo algo completamente incompatible con la imagen que los demás tenían de mí. Esa fue la primera vez que fui realmente consciente de que la gente puede hacerse una idea de nuestra personalidad a partir de la apariencia que no necesariamente coincide con la realidad.
          Fue a partir de ese momento en que observé con mayor atención a los rastafaris, a los punketos, a los skaters y en general a todas esas tribus urbanas a los cuales consideramos exponentes más o menos iguales de un mismo estereotipo. Obviamente cuando están juntos, todos los miembros de un mismo grupo se comportan muy similarmente, pero al conocerlos por separado fuera de su clan, pude ver que tenían una personalidad mucho más compleja de la que exhibían ante sus amigos. Aunque ahora parezca obvio, apenas en ese entonces caí en cuenta de que el número de piercings y el exotismo de los tatuajes no son un código de barras como los que identifican los productos en los supermercados. Simplemente refuerzan la imagen que la persona quiere proyectar de sí misma, no son un subproducto casual de la forma como se desenvuelve su propia personalidad. Hacen parte de un disfraz que no es solamente para Halloween sino para todos los días.
          Claro, hay quienes dirán que sólo usan cierta ropa, accesorios o maquillaje porque les gusta y no porque tengan algo que demostrar a los demás. Sin embargo, puedo contar con los dedos de una mano a los que he visto realmente hacerlo hasta las últimas consecuencias. Fue más o menos por esta época que el color naranja radiactiva de mi pelo mutó hacia un plateado más o menos permanente (dejaron de gritarme “Eeeeemineeeem” en la calle y de considerarme maricón hasta que mi forma de hablar los sacaba de su error), pero con el paso del tiempo, ya empezaba a apegarme a esa apariencia. Confieso que me parecía bacano cuando me disfrazaba con saco y corbata y debía asistir a una reunión donde todo el mundo tenía más o menos el mismo saco y la misma corbata. Yo era el único que se veía diferente a primera vista sin importar qué tan tatuados o enjoyados estuvieran los demás por debajo de su leve capa de solemnidad.
          Ocho años después llegó la crisis de la autenticidad y pensé que uno debe tratar de ser consistente entre cómo luce y cómo se siente pero sin recurrir a artificialidades como un químico para teñirse. Algún día la terapia genética nos permitirá ser del color que nos dé la gana, hasta tener pelo si nos hace falta, pero por ahora los tintes son un gastico mensual de tiempo y dinero del que me mamé. Y llegó el momento de la verdad. De la mano de mi fiel Remington HC-815 y su cabezal de 3mm me rapé la cabeza, me quité las gafas, y me dejé crecer la barba. Aunque reconozco que ahora estoy más cerca del lado oscuro que antes, mi nueva apariencia de paramilitar sigue siendo una forma de disimular lo teta que soy.
          Mostrarme tal y como soy es muy bacano pero también tiene sus desventajas: ahora los porteros me requisan más de la cuenta y las mamás tratan de ocultarme a sus hijas veinteañeras en los centros comerciales. Pero al mismo tiempo pocos me reconocen en la calle y me puedo dar el lujo de escoger a quién quiero saludar y a quien no. Definitivamente, el desnudo sí es el mejor disfraz.

domingo, 1 de julio de 2007

Sin Colfuturo, toca buscar plan C


Pues como me lo temía, no quedé entre los 345 beneficiarios del crédito de Colfuturo para este año. Así que sin "plan B" (el "plan A" era la beca Alban) me va a tocar buscar otra opción de financiación que no implique venderle el alma al demonio -como pedir un crédito bancario, por ejemplo...;) .
          Tanto para Alban como para Colfuturo, ahora es donde vienen a ser importantes el promedio acumulado sobre 4.0 y la tesis laureada (los cuales no tuve en mi pregrado). Lo que me perturba es que eso tendría sentido si fuera a estudiar algo muy similar a la carrera, pero en este caso se trata de algo completamente diferente. Así que, habiendo sido ya aceptado en el Master os Arts on Magazine Journalism, ¿qué tan relevantes vienen a ser mis notas de Ingeniería de Sistemas y Computación?
          Pero bueno, son sus criterios y entiendo que le apuesten a los buenos estudiantes que tengan notas que los respalden y no necesariamente a quienes tengan la experiencia y la disposición que son más difíciles de demostrar objetivamente y de ponderar en una hoja de Excel.

miércoles, 20 de junio de 2007

La hembrita con la que sueño

Hablando con el Marqués nos pusimos a rajar sobre algunos amigos de cada uno que se estaban casando o incluso teniendo ya hijos. Lo más tenaz de esa situación no es que esos amigos no fueran mayores que nosotros, sino que ellos hubieran dado EL GRAN PASO cuando nosotros ni siquiera teníamos novia.
          Ambos nos sorprendimos debido a que las esposas de nuestros amigos no parecen ser especialmente avispadas, encantadoras, bonitas o al menos guerreras. Cuando les preguntamos a nuestros respectivos amigos sus razones para casarse, ellos no argumentaron que estuvieran profundamente enamorados sino más bien porque se sentían cómodos y le tenían suficiente confianza a la novia. ¿Es esa la gran respuesta? ¿Casarse con alguien cuyo principal atributo es que se la conoce tan bien que inspira cantidades industriales de confianza y comodidad? No puedo hablar por el Marqués, pero a mí me aburriría alguien así, incluso antes de la boda. A lo que quiero llegar es que no me visualizo casándome con alguien que no me inspire sentimientos más fuertes que solamente confianza y comodidad.
          En primer lugar, me gustaría una mujer en evolución permanente, alguien que aprenda acerca de cosas que yo no conozco y que, por ejemplo, me sorprenda con lo nuevo que está escribiendo, ese nuevo arte que está aprendiendo o la nueva etapa en su carrera que está alcanzando. No importa cuánto tiempo pases con una mujer así, pienso que nunca serás capaz de conocerla por completo. Desafortunadamente ya estuve con una mujer así, por lo que no puedo descartar este deseo como un capricho imposible de cumplir. Además me parece importante admirar a la pareja por algo, así sea porque cuenta buenos chistes, hace una espectacular torta de chocolate o diseñó un ciclotrón para acelerar partículas de alta energía. Y claro, se supone que todo el mundo está evolucionando permanentemente, pero es que justamente las novias de nuestros amigos se las habían arreglado para mantenerse en un estado de estancamiento reforzado por la inercia.
          En segundo lugar, me gustaría una mujer que se ocupe de su apariencia. No estoy pidiendo alguien que pase la mitad de su vida en un gimnasio, en el salón de belleza o en un quirófano, sino alguien con hábitos lo suficientemente saludables como para lucir bien sin tener que ocultarse detrás de toneladas de maquillaje o un disfraz de última moda. Sin embargo, si ella luce como modelo de portada, pues yo no me voy a enojar, ja, ja, ja :) Ante esto Vladimir dijo que "tarde o temprano la belleza se acaba ", pero imagino que lo hizo bajo el supuesto de que juventud = belleza. Yo no creo que haya una edad para la belleza sino más bien una belleza para cada edad: una bebé podrá ser hermosa (la mayoría de los papás las ven así), pero no lo será de la misma forma en que es hermosa una veinteañera. También se da el caso de muchas abuelas que son muy bonitas, y uno podría deducir que fueron atractivas en su adolescencia. Sin embargo, esos casos de belleza no significan necesariamente atracción sexual, al menos no para la mayoría de la gente. Por otro lado, yo me estoy refiriendo a una mujer que no sólo sea bonita para su edad sino que sea atractiva, porque me parece que es una demanda perfectamente normal para mis años. Esto no significa que yo espere que mi pareja sea sexualmente atractiva sin importar su edad (esa sería más una demanda de la sociedad de consumo que mía), sino que espero que ella se mantenga saludable y bella de acuerdo con su edad. Nada de cuchibarbies ni adolescentes precoces. Obviamente yo estoy tratando de hacer lo mismo y escogiendo una apariencia más acorde con mi edad.
          En tercer lugar, dicha mujer tendría que ser bastante retadora. Supongo que para merecer la compañía de alguien así yo tendré la motivación para mejorarme también a mí mismo. Sé que esto debería ser un objetivo que deberá intentar alcanzar por mí mismo (independientemente de con quién esté saliendo) pero creo que el proceso fluye más fácil si se tiene una pareja que comparta tus principales metas y que sea la prueba viviente de por qué estás tratando de alcanzarlas. Y no es que yo crea que tengo que ser el putas para que alguien me quiera, sólo que me gustan justamente las mujeres retadoras. Creo que mi condena será enamorarme de Brunilda, la valquiria que solo amará a quien pueda vencerla en combate... ja, ja, ja :)
          En cuarto lugar yo pondría la sensación de comodidad y confianza como razón para casarse. Esto es importante porque un matrimonio es exactamente como una empresa donde se necesita una socia que no lo deje morir, no importa qué tan dura se pueda poner la situación. Nótese que no olvidé este argumento que esgrimieron nuestros amigos, me parece necesario pero insuficiente en sí mismo como para justificar una boda.
          En conclusión, me casaría con una novia de la que esté enamorado Y ADEMÁS que se mejore permanentemente Y ADEMÁS que me antoje de ser una mejor persona, no solamente alguien con quien me sienta cómodo o porque soy demasiado perezoso como para empezar de nuevo el mamonsísimo proceso de encontrar a alguien que realmente me guste.

jueves, 31 de mayo de 2007

¿Por qué quiero estudiar periodismo de revistas en Bournemouth?


Quiero cursar una maestría en periodismo de revistas para cualificar mi trabajo con jóvenes universitarios de todo el país relacionado con iniciativas de publicación de impresos orientados al fortalecimiento del ejercicio de la democracia y la divulgación científica.
          Este interés surge a partir de mi desempeño como editor y escritor de EL CLAVO, una publicación impresa independiente de circulación nacional dirigida a jóvenes universitarios (ver www.elclavo.com ). Esta actividad me ha permitido desarrollar en la práctica habilidades para interactuar efectivamente con el público joven, una audiencia especialmente exigente. La maestría que me propongo cursar brinda la oportunidad de profundizar en los aspectos conceptuales de varias áreas de las Humanidades que complementan mi formación como ingeniero, y además aborda el desarrollo de habilidades para la escritura periodística y creativa. Adicionalmente este programa hace énfasis en los aspectos específicos de la expresión a través de revistas, que me ayudarían a entender mejor por qué lo que estamos haciendo funciona y a proponer formas innovadoras de desarrollar los medios de comunicación en los que he venido trabajando.
          Una vez regrese al país después de realizar mis estudios, contaría con una acreditación académica formal en humanidades que me permitiría trabajar como primero docente en el área de comunicación impresa, especialmente en la divulgación científica, y segundo como profesional en la gestión de proyectos de emprendimiento alrededor de la expresión escrita en formatos alternativos. Esto es importante porque los medios escritos en general, y las revistas impresas en particular, permiten un nivel de análisis de la realidad diferente al de otros medios más masivos como los audiovisuales. Entre más propuestas de revistas de buena calidad existan en el mercado, más opciones van a tener quienes quieran digerir y repasar hechos, argumentos, análisis y puntos de vista en una forma que tiene un impacto más racional que emocional. Considero que ofrecer este tipo de opciones a los jóvenes universitarios es muy importante porque ayuda a formar ciudadanos que no traguen entero, que cuestionen y sean más bien agentes de transformación de lo que consideran va en contra de su bienestar.
          Adicionalmente, hemos evidenciado que las comunidades a las que hemos alcanzado pueden sacar mayor provecho de las publicaciones impresas cuando éstas se complementan con ediciones en línea con las que pueden interactuar de manera más inmediata a través de sus comentarios y sus propias colaboraciones. Parte de mi interés es también profundizar a mi regreso en el desarrollo de este tipo de interacción gracias a mi formación como ingeniero de sistemas y a mi experiencia como webmaster y desarrollador de proyectos de eLearning y gestión del conocimiento basados en Internet. Considero este aspecto importante porque los jóvenes tienden a percibir el mundo a través de muchos medios de comunicación que convergen y es necesario repensar la forma como los medios escritos impresos interactúan y se retroalimentan mutuamente. En la medida en que sólo una pequeña porción de la población del país dispone de una conectividad comparable con la de países como Estados Unidos, considero importante reforzar este aspecto de la interactividad en los medios impresos que pueden llegar a quienes no tienen acceso a Internet (la vasta mayoría de nuestra población).
          Por otra parte, gracias a mi formación en ciencias básicas tengo un especial interés en trabajar en proyectos de divulgación científica que incentiven el interés de los jóvenes en disciplinas necesarias para el desarrollo tecnológico y económico del país, así como la comprensión del público en general del mundo que lo rodea que le permita tomar decisiones más acertadas sobre la forma como se usan los recursos naturales, cómo se aplica la tecnología y su impacto a largo plazo sobre nuestras vidas.
          Para desarrollar estos objetivos busqué una universidad que me ofreciera unas condiciones lo más favorables posibles. En primer lugar, Bournemouth tiene un programa de maestría en periodismo de revistas con un buen balance entre los aspectos teóricos, éticos, políticos y sociales de la comunicación y los aspectos prácticos de poner en marcha un proyecto enmarcado en la industria editorial. Su Facultad de medios está ubicada en el 11% más destacado de las facultades de ese país de acuerdo con calificaciones de prestigiosas entidades como The Guardian, que tienen en cuenta aspectos relacionados con la excelencia académica como con la idoneidad de sus instalaciones/equipos y la interacción que tienen con importantes medios de comunicación.
          En segundo lugar, necesitaba un programa que me permitiera construir sobre la experiencia que ya tengo y aprovechar la formación académica que llevo hasta ahora. Tal es el caso del idioma, que me permite estudiar en inglés (en el cual ya tengo suficientes fortalezas) sin tener que empezar a estudiar desde cero.
          En tercer lugar, busqué un entorno que me ofreciera la mayor exposición posible a un ambiente pluricultural, no sólo por la composición de la población estudiantil de la universidad, sino por su cercanía física a diferentes países diferentes, como es el caso de Inglaterra por su cercanía a Europa continental. Considero que este aspecto es tan importante como el trabajo académico porque me daría el tipo de experiencia con estilos de vida, puntos de vista y hábitos culturales distintos, que espero me den mayores argumentos para promover aquí la tolerancia. En el caso particular de la Universidad de Bournemouth, encontré que está situada en una ciudad pequeña que la mayor parte del año tiene una altísima proporción de población joven debido a que son en su mayoría los mismos estudiantes de la Universidad. Esto me llamó muchísimo la atención porque (guardando las diferencias) es justamente el mismo tipo de público objetivo al que me interesa enfocar mi proyecto, y que por esta razón me interesa conocer lo mejor posible.
          En conclusión, mi proyecto de formación en periodismo de revistas en la Universidad de Bournemouth es benéfico para el país porque cualificaría mis habilidades necesarias para multiplicar e innovar en comunidades regionales de jóvenes la exitosa experiencia que he tenido con EL CLAVO, que a mediano y largo plazo fortalecería el desarrollo de la participación ciudadana y la inclusión en el contexto internacional.

viernes, 18 de mayo de 2007

¡Jueputa, me robaron!

Aunque la cosa no fue grave ni me pasó nada, hoy tengo rabia porque me robaron.
          Esta mañana fui a denunciar la pérdida del celular de mi mamá y pegué para el Palacio de Justicia porque supuestamente allá es menos congestionado. Cuando llegué allá me dijeron que sólo recibían el denuncio si el celular se había perdido en un atraco. Como el aparato había sido dejado una noche cargando plácidamente en una oficina y algún alma caritativa lo rescató de su soledad, pues atraco-atraco no hubo. Simplemente se desvaneció sin dejar rastro, y pues entonces la vuelta no era en el Palacio de Justicia.
          Salí entonces a buscar la inspección de Policía más cercana, ubicada en plena “olla”, para poner el denuncio y con éste poder pedir reposición del celular.
          La vuelta fue rápida y me alegré de haber ido allá y no haber tenido que hacer las colas que me tocaron las veces que puse denuncios en años anteriores. Pero de camino otra vez a "la civilización" me dio por acortar camino por una calle de "la olla". Como precaución me guardé el reloj en el bolsillo, pero creo que con mis gafas oscuras y chaqueta colgada del maletín chillaba en medio de las calles sucias y la gente descalza y sin camisa que merodeaba por la calle. Yo creo que los vecinos pensaron que estaba pidiendo a gritos ser robado, y pues ellos no iban a caer en la descortesía de defraudarme... ¿qué iría a pensar la gente?
          En todo caso, creo que el papayazo les cayó tan de sorpresa que tres vecinos del sector se decidieron a "atenderme" cuando ya estaba a media cuadra de la avenida. Tres hijueputas negros me salieron por detrás con un "no te movás y bajate de la plata ". En ese momento no pensé en que me pudiera pasar algo y menos en apegarme a lo poco que llevaba encima. Lo que me emputaba era la trágica ironía de haber ido a la inspección de Policía porque el celular se había perdido y no robado, para tener que volver minutos más tarde con el rabo entre las piernas diciendo " me atracaron a dos cuadras de aquí ". Ni por el putas.
-  ¡¡¡¡Soltaaaaame hijuepuuuutaaaaaa!!!!
-  Entregá la plata.
-  ¿Cuál plata? ¡¡Soltame gran hijuepuuuuuuutaaaaaaa!!
          Me resistí tanto y los atracadores eran tan improvisados (uno de ellos era mujer) que logré arrastrarlos un par de metros hacia la avenida. Como estaban tan ocupados tratando de controlarme no lograron sacarme nada más que las gafas de sol, que cayeron destruidas al mugriento suelo. Tal vez temiendo que mis gritos atrajeran a los policías apostados a pocas cuadras, salieron corriendo cuando la vieja logró arrancarme algo. Me soltaron tan de repente que me fui de culo contra el piso. Agarré mi chaqueta y salí a la avenida con un trotecito que no quería parecer fuga pero que disimulaba muy mal los ríos de adrenalina que me pateaban las venas.
          El saldo: me arrancaron el llavero y perdí los lentes de sol. También estaba la montada que me iba a pegar mi mamá cuando se enterara (tenía que contarle porque necesitaba sus llaves para sacarles copia). Pero lo peor de todo fue reafirmar el prejuicio contra los negros pobres en carne propia. Por eso no me pidan que sea políticamente correcto, al menos no por hoy.

miércoles, 7 de marzo de 2007

La palangana

Esta es una canción que conocí como una ronda infantil que me trae bonitos recuerdos. Acabo de encontrar la letra entre los montones de papeles de los que estoy purgando desde ya y odiaría que se perdiera. Por si a alguien también le trae recuerdos, aquí va:



Lo feo
Música y letra: Teresita Fernández


En una palangana vieja
sembré violetas para ti.
En una palangana vieja
sembré violetas para ti.
Y en un caracol vacío,
estando cerca del río,
en un caracol vacío
bajé un lucero para ti.

En una botella rota
guardé un cocuyo para ti.
En una botella rota
guardé un cocuyo para ti.
Y en una cerca sin brillo,
se enredaba el coralillo,
se enredaba el coralillo
floreciendo para ti.

Alita de cucaracha
llevada hasta el hormiguero.
Alita de cucaracha
llevada hasta el hormiguero.
Así quiero que en mi muerte,
así quiero que en mi muerte,
así quiero que en mi muerte,
me lleven al cementerio.

Basurero, basurero
que nadie quiere mirar
pero si sale la luna
tus latas van a brillar.

A las cosas que son feas
ponles un rayo de sol,
a las cosas que son feas
ponles un rayo de sol.
Y verás que la tristeza,
y verás que la tristeza,
y verás que la tristeza,
va cambiando de color.



Gracias a pequeña padawan por aclararme el crédito de la canción.

martes, 20 de febrero de 2007

El riesgo insensato que asumí


Una ex novia solía decirme que yo tenía dificultad para asumir riesgos. Aunque siempre me pareció una queja exagerada, ahora ya he despejado cualquier duda que alguien pudiera albergar al respecto.
          Ayer puse en peligro mi propia vida contra todas las advertencias que la ciencia y años de civilización me hacían con dedo acusador. Fui más allá de la fría racionalidad y me dejé llevar por el impulso salvaje, irracional. Ríos de adrenalina arremetieron impetuosamente por mis venas y los millones de años de evolución reflejados en mi cerebro fueron el escenario de una batalla titánica entre la lógica y la pasión. Si fuera vikingo diría que me he ganado un lugar en el Valhalla; si fuera Klingon ya tendría un pie puesto en el StoVoKor donde mis antepasados observaron orgullosos cómo reuní el valor para asumir el riesgo.
          Ya veo venir, estoy seguro, a la banda de Death Metal Stovokor con canciones épicas y gestas heroicas escritas en mi nombre por haber tomado el riesgo, mirado con desprecio la advertencia que se interponía entre mis ansias y el objeto de mi deseo. Sólo espero que mis acciones no inspiren a otros a hacer o mismo; no podría vivir con el cargo de conciencia si algo malo llegara a pasarles por imitarme y no salir tan bien librados. Lo cierto es que después de lo que pasé, ya el temor no anida en mi corazón. Pero es que no podía permitir que una fecha de vencimiento de antier se interpusiera entre la arepa con queso del desayuno y la mantequilla que la haría inolvidable.

jueves, 25 de enero de 2007

Los abdominales de Wade

El que es gordo parejo puede tramar a las viejas con el cuentico de que es un "gordito sabrosón ", pero los que hemos sido alguna vez flacos con barriga hemos sufrido el estigma de ofrecer un espectáculo tan horroroso como la cola para hacer reclamos en las Empresas Municipales. Lo peor de todo es que si usted no se pone las pilas, la barriga puede acabar convirtiéndosele en llanta, que en un flaco equivale a verse como Wade, el pato cobarde de la Granja de Orson.
          Por eso cuando tratan de darle ánimos con un "así estás bien, sólo te toca bajar la barriga" están pintando un reto más difícil que para nuestro proactivo Presidente pasar un mes sin una escandalosa metida de pata. La razón es que intentar bajar sólo barriga (sin cirugía o ayudas químicas) es prácticamente imposible: la grasita se reparte casi por igual por todo el cuerpo y eliminarla implica hacerlo proporcionalmente, no localizadamente. Claro que si hemos de creer a la televisión y al correo basura, la única misión de la ciencia y la ingeniería en los últimos 30 años ha sido desarrollar la máquina/tratamiento que sí va a bajar la barriga mágicamente sin dietas ni ejercicios. Tal vez algunos sí funcionen, pero lo que me ofende de ellos es que el sistema nos está metiendo por los ojos la solución a un problema que en primer lugar no tendríamos si no estuviéramos enchufados al sistema.
          Armado de más entusiasmo que Jorge Barón, usted empieza una rutina de ejercicios para bajar la barriga y, por qué no, lucir algún día el abdomen de chocolatina de cualquier niche estándar de ciclovía (los afrodescendientes tienen los abdominales marcados como desde los cuatro años de edad). Pero, oh sorpresa: la barriga no sólo no baja mucho que digamos, sino que el gordo con peligro de volverse llanta se pone más duro que nunca. Entonces ocurre lo que yo llamo


La Paradoja de Wade : usted tiene unos abdominales más sólidos que los de Brad Pitt, pero el flotador alrededor de su cintura impide que se vea algo diferente a un templado y brillante "gordominal".


El efecto más común es que cuando uno le jure a la novia que sí tiene abdominales pero que no se ven, lo mire compasivamente como si hubiera contado que vio a un personaje fantástico como el Ratón Pérez o un concejal que no robe.
          Listo, ahora supongamos que usted practicó juicioso un deporte como el cliclismo o la natación durante varios meses: la grasa se fue y ya no hay tal barriga. De acuerdo con mi experiencia, en ese momento usted está tan flaco que la gente empieza a especular sobre sus problemas de plata o que se pasó a alguna horrible secta vegetariana. Los abdominales por fin empiezan a asomar, pero no hay a quién mostrárselos porque las únicas mujeres que se le acercan son su mamá y su abuelita tratando embutirle comida, o si está muy de buenas, representantes de UNICEF que lo encuentran perfecto para ilustrar su próxima campaña contra las hambrunas y el desplazamiento forzado.
          Entonces vuelve la lucha, pero en sentido contrario: hay que bajarle a la bicicleta o la natación para alternarlo con pesas que ayuden a subir de peso, pero no con grasa sino con masa muscular.
          Alguna vez le escribí a Pequeña Padawan que si hay algún rasgo físico que ayude a subir puntos con las mujeres y que se pueda desarrollar con ejercicio (eso excluye la estatura, los ojos, las manos, la voz, etc.) éstos serían glúteos firmes y abdominales bien marcados. Si hubiera sabido eso a los 15 años, no estaría en esta montaña rusa a estas alturas del partido sino disfrutando del único rasgo que podría compartir con Brad Pitt: si no tengo la pinta de Brad Pitt, ni posiblemente llegue a tener la plata de Brad Pitt, al menos sí puedo trabajar para tener los abdominales de Brad Pitt. Cuando lo logre, estoy seguro de que Wade estará orgulloso de mí.

lunes, 18 de diciembre de 2006

Viviendo con diecisiete pingüinos

Como todo personaje que juega a ser adulto viviendo independientemente, hace dos meses me dispuse a pagar los servicios públicos de mi apartamento. Mientras el recibo del teléfono era fiel reflejo de mi uso irresponsable de Internet, el del agua parecía un mal chiste: $260.000. Efectivamente la lectura indicaba que yo había pasado de un promedio mensual de consumo de 3 m3 de agua a 14 m3 de un mes para otro.
          Escéptico por naturaleza, revisé minuciosamente cada uno de los grifos, tuberías visibles e inodoros (me demoré 20 segundos; así de grande es mi apartamento). Nada. Ni siquiera una baja de presión o una pared húmeda que insinuara una fuga. Pregunté a los vecinos, pregunté a los porteros. Más nada.
          Empezaron a atormentarme toda clase de hipótesis exóticas, pero rápidamente tuve que descartar que el nunca instalado calentador espontáneamente se hubiera conectado a la tubería y empezado a chupar agua (cuando lo revisé me trató con su habitual indiferencia). Tampoco encontré evidencia de alguna banda de pingüinos sedientos agazapada en mi congelador que hicieran de las suyas durante mi ausencia. Me fui a quejar a las empresas municipales y el funcionario se extrañó por el aumento de consumo tanto como yo. Le pareció tan raro que de inmediato supo que tenía que haber algún error y me dijo que iba a investigar.
          Un mes más tarde me llegó la siguiente factura reportando 102 m3 de consumo de agua. ¡¡¡ 102 m3!!! Cuando creí que ya nada podía sorprenderme, el mes siguiente llegó por 235 m3. Completamente escandalizado, me empecé a imaginar a tres hipopótamos retozando en un estanque llenado con agua de mi apartamento.
          Esta vez escribí una carta airada, que la funcionaria ni siquiera miró. Cuando vio en su pantalla el reporte de los 235 m3 me preguntó:
          - ¿Cuántas personas viven en el predio?
          - … ¡¡¿QUÉ?!! ¿Es que no sabe dividir? Ni aunque viviera con diecisiete pingüinos, tres hipopótamos y una ballena asesina me podría gastar ¡¡235 m3 en un mes!! , pensé para mis adentros ― . Señora, yo vivo solo, el predio es un apartamento que ni siquiera tiene calentador de agua, y no hay ninguna fuga perceptible que justifique ese consumo. El mes pasado solicité revisión y no pasó nada.
          - Ahhhh... Aquí dice que un día fueron y no atendió nadie. ¿Por qué no atendieron?
          - ... ¿No le acabo de decir que vivo solo? ¿Quién quería que abriera cuando estoy trabajando? ¿Uno de mis diecisiete pingüinos?, pensé. ¿Qué días van? Si me avisan, yo me puedo programar y no ir a trabajar ese día.
          - Ah no, ellos van cuando les asignen el turno; imposible saber antes.
          Para que no me ganaran las ganas de gritar lo que estaba pensando me fui con la promesa de que iban a investigar y que esta vez me llamarían antes para verificar que estuviera para atenderlos. A las dos semanas me llamaron, fueron y detectaron una fuga antes del buitrón. Todavía no entiendo cómo una fuga antes del contador me estaba marcando consumo, pero en todo caso en la administración de la unidad se encargaron de repararla. Vinieron, rompieron y me dejaron sin agua durante dos días mientras secaba el cemento.
          No recuerdo haber pasado dos días más largos. Aunque tenía la opción de irme a duchar al apartamento de mi mamá, mi vida no era la misma. Tenía que traer agua embotellada para regar mis matas y cepillarme los dientes en la oficina. Pero lo peor era no poder hacer uso del mueble principal del baño.
          Aclaremos algo. El sexo me gusta tanto como al resto del género masculino, pero no creo que haya mayor placer que descargar el intestino inmediatamente después de estar urgido. Por eso me causaba una intensa sensación de privación no poder usar mi baño durante esos dos largos días. Claro, podría usar los baños de la oficina o el del apartamento de mi mamá, pero es que yo no me siento cómodo en un inodoro que no sea el mío.
          Es como ir a cine. Parte de la experiencia es la comida, el sonido, el ambiente, no sólo la película. En la ida al baño el placer no es completo a menos que uno pueda gritar impunemente el correspondiente gemido de alivio cuando la transferencia se ha completado. Taponar un baño ajeno del cual desconozco la capacidad de evacuación también es algo que me inquieta.
          Una lágrima me asomaba por el rabillo del ojo cuando miraba la puerta de mi baño, sabiendo que el fin de mis penas estaba tan cerca y a la vez tan lejos. Tuve que todo mi poder de autoengaño para visualizar a mis imaginarios diecisiete pingüinos, furiosos, acuartelados tras la puerta cerrada de mi baño para ayudarme ahuyentar la tentación de entrar. Fue horrible.
          Los dos días pasaron, pude abrir nuevamente la llave de paso y mi baño y yo volvimos a encontrarnos. Creo que desde que Gokú llegó por fin a Namekuseí no había sido tan feliz.

lunes, 20 de noviembre de 2006

Faith of the heart

Hay ocasiones en las que simplemente no encontramos las palabras para expresar cómo nos sentimos. La barrera que levantamos para proteger nuestra intimidad ha sido evadida por quienes, a través de la ficción, expresan lo que sienten y a la vez nos prestan sus palabras. Y aun así hay gente que no ve relación alguna entre lo simbólico, lo ficticio, lo fantasioso y la cotidianidad de sus vidas...
          Ésta es una de esas ocasiones en las que una canción escrita por otra persona me quitó las palabras de la boca:


Faith of The Heart
written by Diane Warren and sung by Russell Watson

It's been a long road
Getting from there to here
It's been a long time
But my time is finally near
And I will see my dream come alive at last,
I will touch the sky
And they're not gonna hold me down no more
No, they're not gonna change my mind
Cause I got faith of the heart
I'm going where my heart will take me
I got faith to believe
I can do anything
I got strength of the soul
And no one's gonna bend or break me
I can reach any star
I got faith
Faith of the heart...


Ha sido un largo camino
el que ha tomado llegar hasta aquí
Ha si un largo tiempo
pero mi hora finalmente ha llegado
Y podré ver mi sueño cobrar vida al fin
seré capaz de tocar el cielo
Y ellos no van a retenerme más
no, ellos no van a hacerme cambiar de idea
Porque mi fe viene del corazón
iré donde mi corazón me lleve
tengo fe para creer
que puedo hacer lo que sea
Mi fuerza viene del alma
y nadie va a atarme o desanimarme
puedo alcanzar cualquier estrella
Yo tengo fe
Fe que viene del corazón...



jueves, 28 de septiembre de 2006

Aaaaay ¡tan lindo!


Hace un año, cuando la que era mi novia en ese entonces se fue para Londres, lo que yo tenía presupuestado es que no iba a verla en al menos tres años (un par de años de ella por allá, más el año que pienso estudiar en Inglaterra). Tres años eran un sólido argumento racional para resignarme a que la relación se acabara independientemente de lo que sintiera en el corazón; perfecto para todo lo Virgo que era en ese entonces.
          Sin embargo, el lunes estaba en medio de una difícil reunión de trabajo, cuando ella me saludó por el Messenger y me contó que va a regresar al país este mismo año.
          Aclaremos varias cosas. Primero que todo, la posibilidad de que nuestra relación pasada continúe donde se interrumpió, o tan siquiera que haya campo para que se dé una nueva relación son bastante remotas, no tanto por mí sino por las circunstancias de ella.
          Segundo, sin el argumento de la separación por tres años me quedé sin la única base racional que me protegía de las emociones que había congelado, hasta el punto en que no sé cómo pueda reaccionar yo en el momento en que vuelva a verla.
          Tercero, desde que ella se fue no he estado nada cerca de tener una nueva relación con otra persona, a pesar de mis muchos intentos y falsas alarmas. Eso me dejó la autoestima por el piso porque durante este mismo tiempo ella sí claramente siguió adelante con su vida emocional mientras que esa parte de mi vida se quedó estancada.
          Todo esto que intenté expresar de forma clara y ordenada se me vino a la cabeza al mismo tiempo, a quemarropa. De una me dieron ganas de llorar, pero me tuve que aguantar porque me daba oso chillar en plena reunión. Cuando le conté esto a una amiga, lo que le nació decir fue "Aaaay... ¡tan lindo!", lo que en medio de mi consternación yo interpreté como "¡TAN GÜEVÓN!". Para mí este es el indicador más claro de mi transformación de virgo cuadriculado en piscis hipersensible, que aunque ya veía venir (mi hipótesis es que cada siete años se invierte la intensidad con la que nos influyen nuestro signo solar y nuestro signo ascendente) no creí que me fuera a afectar tanto.
          ¿Tan lindo yo? Supongo que uno debe aceptarse como es, pero por ahora no puedo evitar preguntarme si me sirve de algo. Temo que, al igual que Anakin Skywalker, el miedo acabe por impulsarme a buscar refugio en el lado oscuro, y la verdad ya no siento que tenga motivación alguna para resistirme.

PD: Afortunadamente el bajonazo que experimenté ese día se me pasó con el viaje a Bogotá.
          Lo que me tiene tranquilo en este momento es recordar la regla de oro que seguí durante los muchos años en los que me sentí más solo que un político honesto en el Congreso: "Mientras ella sea la novia de otro man, pensar siquiera en ella es tan inútil como arar en el mar".

miércoles, 20 de septiembre de 2006

Hace 10 años


Hace 10 años estudiábamos en una universidad que, más que la puerta hacia el Universo, parecía un colegio grande, donde las cosas que preocupaban al mundo parecían no atravesar la burbuja de cristal que nos rodeaba. En esa época, todo lo sabíamos del mundo nos llegaban exclusivamente a través de los medios masivos de comunicación, que sospechosamente se parecían mucho entre sí. Hace 10 años todavía buscábamos información en las bibliotecas y hemerotecas, pues para consultar Bitnet (uno de los predecesores de Internet) había que ser un iniciado de últimos semestres de electrónica con proyecto de investigación sobre robótica. Tímidamente empezábamos a comunicarnos con nuestros amigos a través de un programa de pantalla negra y letras verdes llamado PINE , ya sea que estuvieran al otro lado del océano o a dos cubículos de distancia.
          Hace 10 años el único navegador era Mosaic y no había que ser demasiado ñoño para saber que el primer sitio web que existió fue el del CERN. No era raro que nos fuéramos toda una tarde de sábado a la universidad sólo para hablar con quien fuera que estuviese conectado por un servicio llamado IRC (otra vez la pantalla negra y letras verdes), y las primeras víctimas de adicción al chat empezaban a proliferar como los mirones en un accidente de tránsito.
          Hoy, 10 años después, los medios impresos se disputan el privilegio de que la gente lea en línea y gratuitamente sus contenidos. Ahora se posicionan las bitácoras en línea como un espacio en la red que ya empieza a tener influencia en el comportamiento del mundo "real". Si la realidad del mercado laboral nos recuerda sin piedad que cada vez hay menos oportunidades para los empleados que para los emprendedores, la realidad de la red nos anticipa que la información y la opinión ya no estarán en pocas manos, que la cómoda posición de consumidores de lo que los monopolios y duopolios quisieron vendernos ya no es tan defendible cuando tenemos tantas opciones diferentes. Ahora el reto es tener el criterio suficiente para escoger qué leer, a quién leer y formarnos nuestra propia idea de cómo es el mundo. Cada entrada en las bitácoras del mundo es como un pixel más en una foto que se hace más nítida en la medida en que aumenta de resolución.
          Hace casi una década se publicó la primera edición impresa de El Clavo. Un mes después se publicó la siguiente edición con mi primer artículo escrito a cuatro manos con Andrés David Aparicio. Hace un mes se cumplió un año desde que inicié esta bitácora, y espero que me acompañen muchos más en el ejercicio de retratar al mundo desde mis publicaciones y desde sus comentarios.

jueves, 6 de julio de 2006

Tres generaciones de El Clavo

Tres generaciones de El Clavo donde la barriga de cervecero no es lo único en común: Daniel Guzmán (Memento), Diego Porras (el jalapeño), Andrés Meza Escallón (Esbirro), Céxar López (Cabézar Ñópez) y Ricardo Caicedo (Pitch).