lunes 11 de enero de 2010

Mi maestra Jedi estaría orgullosa de mí

Si me preguntan qué me pasa, podría hacer un resumen usando personajes de ficción: de niño tenía los problemas de Calvin, de adolescente los de Sheldon Cooper y ahora de adulto (?) tengo los de Anakin Skywalker.

          Efectivamente, cuando era niño tenía increíbles problemas de atención. No importaba cuánta atención pusiera al profesor en el colegio, invariablemente acababa siguiendo con los ojos los patrones geométricos del tablero, del piso, de la camisa del compañero de adelante. Y tal y como Calvin era sorprendido por su profesora al volante de la nave de Spiff, a mí me preguntaban algo preciso cuando cuando ya iba por los paneles del cielo falso.

          Ya en mi adolescencia leía tanto, pero tanto, que tenía en mi cabeza descripciones de lugares y situaciones con los que mis compañeros ni siquiera soñaban. Por eso cuando me escuchaban hablar, todos creían que yo era inteligentísimo (todos, menos mis profesores de álgebra, trigonometría y cálculo que me miraban con profunda conmiseración). Obvio que las gafas culo de botella ayudaban un poco a la imagen. El hecho es que tenía una idea muy clara de cómo debería ser el mundo si fuera regido por la lógica y la razón, y al igual que Sheldon Cooper encontraba muy perturbador que la gente no cumpliera su palabra o que su proceso de toma de decisiones fuera más emotivo que racional.

          Ahora, aunque tengo la edad emocional de un niño de 25 años, las canas en mi barba y en las cabezas de mis ex compañeros de colegio me dicen que ya se supone que debería ser adulto. Ahora el lío es que todo sale distinto a como lo he planeado. Si me pongo a revisar mi historial a la luz de modernas teorías psicológicas, encajo en cuanta vaina rara hay, desde el Síndrome de Asperger hasta el Trastorno de Déficit de Atención. Mejor dicho, a diferencia de Anakin Skywalkwer, aguantarse las ganas de ceder al lado oscuro es una pendejada al lado de todo esto. Sin embargo, mi maestra Jedi insiste en que son puras ganas mías de joder.

          La última tarea que me puso antes de irme del país fue que me expusiera voluntariamente a la situación que más me incomodara. Prueba superada (fácilmente). Lo que no me imaginé es que la verdadera prueba de fuego estaría en mis vacaciones.

          Resulta que cuando volví al país, no llegué directamente a mi casa sino que de Bogotá pegué para Santa Marta a unas vacaciones organizadas por mi mamá “con todo pago”. El problema es que cuando mi mamá paga, significa que es bajo sus condiciones y automáticamente dejo de ser un adulto que toma sus propias decisiones para convertirme de nuevo en un niño de 8 años. Y como me gasté los restos de mi tarjeta débito en el vuelo a Santa Marta, dependía absoluta e irrevocablemente de mi mamá hasta para comprar una bolsa de agua. Es la sensación más desagradable que se pueda experimentar (después de deberle plata a la DIAN, por supuesto).

          La tapa fue cuando traté de volver a casa y no pude hacerlo por avión a pesar de que estuve más de una hora intentándolo. Así que resignado, compré un pasaje en bus para el lunes festivo y empecé a mentalizarme para un viaje de 24 horas por medio país. Sin embargo, cuando fui a montarme al bus, encontré con que Brasilia nos había estafado: el bus viejo e incómodo en el que pretendían enviarnos a Cali no era el carísimo transporte por el que habíamos pagado. Obviamente todos los viajeros protestamos y pedimos a la Policía que interviniera. Cuando dijeron que iban a ver si de pronto nos podían asignar otro bus en tres horas o al otro día, yo opté por cambiar mi pasaje para el siguiente día y devolverme a Santa Marta. Una fuerza misteriosa me retiene aquí contra mi voluntad y nada me encabrona más que verme forzado a hacer algo contra mi voluntad.

          Pero nada. Al mal tiempo, buena cara. Ojalá tuviera con qué pasear el día que me queda. Hasta ahora he logrado monitorear permanentemente mis reacciones y purgar las ideas irracionales que llevan al Lado Oscuro. Y claro, me consuela preparar mi regreso a Santa Marta pero bajo mis condiciones. Junto a la carpa,  no sobra empacar el sable de luz.

sábado 21 de noviembre de 2009

Perdón, Sigi...¿qué?

Todo empezó el primer día de Kinder en el colegio. La profesora llamó a lista y no escuché mi nombre. Temiendo haberme equivocado de salón, levanté la mano y le dije mi apellido. Ella buscó y sólo encontró un tal “Sigifredo Meza”, que obviamente no era yo. Asumiendo que era un malentendido de la secretaría del colegio, dejamos así por el resto del día de clases. Cuando le conté el incidente a mi mamá por la tarde, me sorprendió su reacción. Yo esperaba que se pusiera lívida de la indignación, o por lo menos que se burlara de lo brutos que eran en ese colegio, pero no...

Me explicó que así era mi primer nombre, sólo que a mí toda la familia me había llamado desde siempre “Andrés” a secas. Además la profesora no usó los dos nombres como para al menos darme una pista, sino que sólo leyó el primero (detestable costumbre que me persiguió hasta que me lo quité). La escena de la revelación de ese oscuro secreto familiar fue como la típica donde le confiesan al niño adoptado que sus padres biológicos son asesinos seriales, pero que fresco, que igual lo quieren mucho, bla, bla, bla. El hecho es que por el resto de la Primaria siempre conté con la tácita solidaridad de las profesoras que cuando llamaban a lista sólo usaban el nombre cuando hubiera más de un estudiante con el mismo apellido. Entre nosotros también nos identificábamos únicamente por el apellido, por lo cual era aterrador llamar a la casa de Galvis y sentir ese sudor frío que recorría la espalda cuando nos preguntaban “¿cuál de todos?” y caer en cuenta de que no tenía ni idea de cuál podría ser su nombre de pila.

Pero todo cambió cuando entramos a Bachillerato. Ahora los profesores eran insensibles a sutilezas como el trauma potencial que podrían infligir a un niño al marcarlo en público con un primer nombre como el mío. Ya estábamos en la época en que era MUY importante desarrollar una identidad propia y se consideraba incluso una falta de respeto llamar a alguien por su nombre y apellido normalitos. Era casi tan de mal gusto como regalarle a una amiga un bono de supermercado en lugar de tomarse el tiempo de averiguar qué le podría gustar. Cual vil cartel de narcos o columna guerrillera, en mi colegio reinaban los alias.

Obviamente me salvé de que me llamaran “cuatro-ojos”, “culo e’ botella” o algo peor por mis gafas: con un primer nombre como el mío no era fácil inventarse un apodo más ridiculizante o cruel. Otros no tuvieron tanta suerte. De haber estudiado entre mujeres, a Restrepo Cucalón máximo le hubieran dicho “Restre”, pero como tuvo la mala fortuna de caer en mi colegio, hubo un acuerdo tácito, unánime y demoledor de llamarlo desde entonces y por siempre “Cuca”. Y ya se imaginarán cómo quedó el apellido de Vergara después de la respectiva re-ingeniería.

Cuando llegué a la universidad me quité el primer nombre (un breve trámite ante notario), pero evitaba cuidadosamente a los ex compañeros de colegio para no revivir el apelativo que esperaba olvidar. Me sentía como esos ex convictos que ya pagaron la condena y no tienen cuentas pendientes con la justicia pero que prefieren no contar para que no los miren raro. Obviamente me convertí en víctima de innumerables chantajes, todo con tal de que no contaran ese oscuro secreto de mi pasado, especialmente por un amigo de El Clavo llamado Augusto. Con tan enorme rabo de paja, no sé cómo ha sido tan descarado.

En fin, de todo esto aprendí que es buena idea bautizar a los hijos con dos nombres para que se defiendan con el que más les guste (o que menos les incomode) hasta que tengan edad para cambiárselo. Bautizar a un hijo con un único nombre súper original es como arrojarlo a los lobos maniatado y amordazado, cosa que no pienso repetir. Más ahora que ya alguien se me adelantó y me quitó la idea de bautizar a un hijo con el nombre de “Automan”.

lunes 21 de septiembre de 2009

Arte, artesanías y la necesidad de correr riesgos

En un debate sobre literatura y entretenimiento la periodista cultural Marianne Ponsford declaró que no pensaba perder su tiempo leyendo, por ejemplo, a Paulo Coelho. Un asistente ofendido le preguntó si ella pensaba entonces que los millones de fans de Coelho son seres alienados (¿sabría el asistente lo que significa la palabra?) por disfrutar de un trabajo que es considerado de poco a ningún valor por parte de la crítica. Aunque ella, con enorme gracia y diplomacia, en pocas palabras le respondió que sí, creo que quedó otra pregunta en el aire. ¿Por qué si a tanta gente le gusta este tipo de trabajo, los críticos son insistentes y consistentes en pordebajearlo? ¿Será acaso que Paulo Coelho y Deepak Chopra son genios incomprendidos que serán reivindicados por la crítica cultural en el futuro?

          Aquí creo que cabe distinguir el arte de la artesanía. Para mí, una obra de arte es aquella que logra conmover al espectador, generar en él alguna emoción, ojalá la misma que tenía el autor en mente (me parecería tenaz que la gente se ría con un drama o salga deprimida de ver una comedia). Pero la obra de arte no se queda allí. Además propone algo nuevo, una perspectiva o una manera de hacer las cosas que no se haya intentado antes, ampliando las fronteras de lo conocido. En palabras de William Ospina, el otro invitado al debate, la obra de arte cuestiona, pone en perspectiva, enriquece la relación que yo como espectador tengo con la realidad.

          ¿Entonces, por poner un ejemplo, las chivas de cerámica que los turistas se llevan de recuerdo son obras de arte? Para muchos, estas piezas generan nostalgia en quienes las llevan, además de cierto placer estético, con lo cual estarían cumpliendo con aquello de conmover al espectador. Es más, muchos artesanos igualan (sino es que superan) en habilidad técnica a aquellos que han recibido una formación artística, con lo que la calidad del producto final no es un parámetro definitivo para distinguir una obra de arte de una artesanía.

          Sin embargo, cada una de estas piezas repite la fórmula ya probada (y seguramente refinada por generaciones de artesanos) que tuvo éxito la primera vez. No se corren riesgos al hacer una nueva obra y por el contrario se privilegia el apego a la tradición con mínimas variaciones, precisamente por miedo a fracasar donde el modelo ya probado ha triunfado tantas veces. Eso es lo que yo percibo con muchas obras de Hollywood o de literatura de aeropuerto: están muy bien producidas y mercadeadas, pero repiten la misma fórmula de siempre. ¿El resultado? Que yo como espectador puedo interactuar con estas obras y pasar un rato entretenido, pero mi vida no va a cambiar después de haberlo hecho.

          ¿Significa eso que las artesanías son malas? No necesariamente. Estos son productos que están diseñados para satisfacer una necesidad, y son muy buenos haciéndolo. La prueba es que Dan Brown con su “Código Da Vinci” rompió todas las marcas de ventas registradas en la historia de la literatura, así que al tipo hay que reconocerle que algo debió haber hecho bien. Por otro lado, yo no creo que a este autor o a Deepak Chopra o a Paulo Coelho los trasnoche que no los estén considerando para el Nobel de Literatura, o que sean unánimemente despreciados por la crítica especializada. Ellos dan a sus lectores lo que éstos quieren y ven crecer su cuenta bancaria, exactamente lo que se propusieron. Son los críticos quienes se preocupan de que a estos artesanos los llamen artistas, no los autores o sus lectores.

          Pero volviendo a la pregunta, si lo importante en el arte es proponer cosas nuevas, ¿cómo se logra? A través de la experimentación. Por eso es tan importante correr riesgos, salirse de lo conocido y ver qué funciona y qué no. Los verdaderamente talentosos tendrán más aciertos que fracasos, pero nadie se salva de equivocarse alguna vez. Incluso a William Ospina todavía le pasa que al mostrar un nuevo texto a un amigo lector le digan "¿No te da pena? ¡Qué cosa tan mala la que acabas de escribir!". Quién sabe, de pronto lo que hoy es considerado desagradable o impopular, sea la norma para las audiencias del futuro.

viernes 11 de septiembre de 2009

El derecho a cagar dignamente

Mucho se ha hablado del derecho al trabajo, a la vida, a la libre expresión, incluso a morir dignamente. Pero es escandaloso que nadie se haya preocupado por el derecho más fundamental de todos: el derecho a cagar dignamente.

          Me parece fundamental porque en plena adolescencia sufrí un episodio tan aterrador que no se lo deseo ni a Chávez: me dio estreñimiento crónico y durante 11 días me fue imposible hacer uso del 'trono'. Ya podrán imaginar mi angustia: estando imposibilitado para evacuar lo que tenía que salir, cual niña anoréxica me negaba a comer para que no entrara nada que agravara la situación. Por los pasillos del colegio me arrastraba pálido, sudando frío, con los pelitos de la nuca erizados. A la semana ya parecía desplazado etíope: flaco y ojeroso, pero con una panza templada y perfectamente esférica. Pero lo peor de todo es que el baño de mi casa dejó de ser ese refugio de lectura y relajación para volverse el escenario de mis peores pesadillas.

          En vista de que el médico de la EPS sólo se burlaba de mi cobardía y me recetó simplemente que comiera banano, tuve que recurrir al tío médico. Una bolsa de lavado intestinal obró el milagro y fui libre de nuevo. Por eso propongo que La Corte Penal Internacional incluya en los cargos a la guerrilla las penurias por las que hacen pasar a los secuestrados cuando deben hacer del "número dos". También que los corruptos que se roban el papel higiénico de los colegios públicos sean condenados a ahorcamiento en plaza pública. Nadie debería verse privado del nirvana que experimenté cuando por fin pude asumir de nuevo la posición de super saiyajin en el mueble principal del baño. Juro que nunca fui tan feliz, ni siquiera cuando Gokú llegó a Namekuseí.

lunes 20 de julio de 2009

Gracias a Simón Bolívar y su parche es que Harry Potter no habla en español de España

Hace muchos años, cuando Villabobos (el locutor Alejandro Villalobos) trabajaba en Radioactiva, hizo un comentario que no logré olvidar, como sí pasó con otros profundos comentarios de un intelectual de semejante talla: "Ojalá no nos hubiéramos independizado de España... ¿se imaginan los conciertos que vendrían para acá?".
          Me perturbó que el tipo jurara que por seguir siendo gobernados desde España hubiéramos seguido siendo tratados como españoles, felices espectadores de los conciertos de Madonna y The Rolling Stones. Y peor aún, hay gente que todavía se pregunta si no hubiéramos estado mejor "dejando así".
          Pero bueno, no son los únicos. Hace poco más de 200 años, la gente por acá era como un adolescente que hace pataleta porque no lo dejan estudiar música en vez de medicina (o porque no lo dejan llegar tarde de rumbear, o hacerse un piercing en la lengua), y que ya entrado en gastos pues acaba es yéndose de la casa. Algo parecido pasó en la Nueva Granada. La consigna era "Viva el Rey y abajo el mal gobierno", con lo que nuestros ancestros mostraban su rechazo a los representantes del gobierno puesto por Napoleón en España a cañonazos. Sin embargo, la idea de rebelarse contra un gobierno ilegítimo hizo reflexionar a la gente sobre las ventajas de no depender de las decisiones tomadas al otro lado del charco sin tener en cuenta nuestros intereses. Y ahí fue cuando Nariño, Santander, Bolívar y el resto de su parche se la jugaron para arrebatarle el poder a los españoles.
          La cosa es que para la gente del común las condiciones no cambiaron mucho: durante el dominio español, los altos cargos públicos sólo podían ser ocupados por españoles ricos, mientras que después de la independencia esos cargos sólo podían ser ocupados por... criollos ricos. Es decir, que a menos que se fuera rico, las desigualdades sociales seguían casi inalteradas independientemente de dónde se tomaran las decisiones.
          Sin embargo, estoy convencido de que sin la lucha por la independencia podríamos estar mucho peor. Es como el hijo que a los 35 años todavía vive donde los papás, a quien le toca comer todo sin sal porque los papás sufren de la tensión y todo lo hacen simple para satisfacer la necesidad de ellos, no la del hijo. En cambio, así se pase hambre, vivir fuera del dominio de los papás obliga a la gente a preguntarse qué le gusta y a esforzarse por mejorar sus condiciones de vida, sin esperar a que los papás hagan ese esfuerzo por uno.
          Volviendo a nuestro caso, basta ver el caso de Cali o Barranquilla. Mientras Cali era una provincia gobernada desde Popayán y Barranquilla lo era desde Cartagena, eran asentamientos menores, sin mayor relevancia en el ámbito nacional. Una vez se convirtieron en capitales de sus respectivos departamentos lograron superar en riqueza y población a la ciudad de la que dependían antes. Algo similar pasó con Ciudad de Panamá. No voy a ser tan ingenuo como para afirmar que en Cali se vive mejor que en Popayán, pero sí hay que reconocer que en Cali hay más opciones y oportunidades para quien quiera aprovecharlas.
          Por otro lado, un imperio tan grande como el español hubiera exigido con el tiempo una jerarquía más vertical, que el control de la corona fuera todavía más férreo y reacio a la innovación, como lo que le pasa a organizaciones tan grandes y desperdigadas como IBM o la Iglesia Católica. En cambio en las organizaciones pequeñas se pueden dar el lujo de ser informales y abiertos a la iniciativa privada sin que se forme necesariamente un despelote, como pasa en algunos países pequeños como Singapur o Irlanda.  Y como yo prefiero trabajar en una organización pequeña donde siento que aporto y que hay capacidad de reacción ante las necesidades de la región, creo que nos va mejor habiéndonos librado del gobierno por control remoto de la monarquía española. Si con Uribe haciendo de alcalde honorario cada semana no se ha logrado que se solucionen los problemas de las provincias, ¿se imaginan que las decisiones no se tomaran en Bogotá sino por allá en Madrid? Ahí sí que es cierto que Harry Potter and the Half-Blood Prince sólo la traerían doblada en el ininteligible español de España.
          Así que volviendo al caso hipotético sugerido por Villabobos, de haber seguido bajo el dominio español, las posibilidades de que Madonna o The Rolling Stones vinieran a Bogotá o Cali son las mismas de que, habiéndonos independizado, llevaran Harry Potter and the Half-Blood Prince subtitulada a Quibdó o Puerto Carreño. Más importante todavía, de haber seguido como súbditos españoles hubiéramos seguido siendo ciudadanos de segunda categoría en nuestra propia tierra. Puede que muchos sintamos que el inquilino del Palacio de Nariño se comporta como dueño y no como empleado, o que el remedio que está aplicando es peor que la enfermedad que prometió que iba a curar, pero al menos la decisión de ponerlo allí, buena o mala, fue nuestra y no la de alguien por allá en España.
          Ya nuestros ancestros pagaron con sudor, lágrimas y sangre nuestra independencia de España. Ahora nos toca a nosotros proponer e implementar opciones políticas, económicas y sociales que garanticen para nuestros descendientes la independencia de Estados Unidos, "la FAR", las multinacionales y en general todo poder externo que quiera manipularnos en contra de nuestros propios intereses.  Así que aunque falte mucho, algo se ha ganado,  y vale la pena celebrar que España sea un cliente y no nuestro amo. ¡FELIZ DÍA DE LA INDEPENDENCIA!