domingo 20 de junio de 2010

¿Respetar a los que no votaron?

  • 509 AC: gracias a que Bruto arriesgó la vida para derrocar al rey etrusco se creó la primera república romana.
  • 480 AC: gracias a que 7000 griegos comandados por Leonidas se enfrentaron a 300000 persas fue que sobrevivió la idea de democracia (aunque los masacraron).
  • 1789: gracias a que los revolucionarios franceses se mataron para derrocar a sus reyes, nos llegaron los Derechos del Hombre y del Ciudadano.
  • 1794: gracias a que Antonio Nariño se fue a la cárcel por divulgar acá esos Derechos fue que los conocimos.
  • 1819: gracias a que Bolívar, Santander y su ejército se enfrentaron al poderoso ejército español pudieron legarnos la democracia.
  • 1945: gracias a que 16 millones de soldados aliados dieron la vida para frenar a Hitler, Musolini e Hirohito, la democracia sobrevivió al totalitarismo.

Si toda esa gente dio la vida para que tengamos el derecho a elegir a nuestros gobernantes o por lo menos a expresar nuestra inconformidad votando en blanco, ¿POR QUÉ PUTAS VOY A RESPETAR AL QUE NO VOTA CUANDO NO HA HECHO NI MIERDA PARA GANARSE ESE DERECHO? 

No todos los abstencionismos son iguales

Ahora, hay varios tipos de abstencionismo: 

Por ejemplo, en un referendo la abstención tiene un sentido estratégico: si yo no voto, contribuyo a que no se alcance el umbral necesario para que se apruebe el "sí" y en ese sentido es incluso más útil que votar por el "no". 

Hay otros que consideran a la democracia una farsa y conscientemente no participan de un sistema en el que no creen. Incluso esa posición puedo respetarla.

Pero hay otros que no se toman el trabajo de pensar, informarse y decidir o que prefieren quedarse pasando la mañana desenguayabando la Ley Seca (basta con que les prohiban beber para que les den más ganas de hacerlo) y la tarde viendo el partido de Brasil que ir a votar. Esos no me merecen ningún respeto.


Eso sí, cuando empiecen los escándalos de corrupción, cuando llegue la Corte Penal Internacional por los Santos Positivos, cuando un único partido se eternice en el poder como en Cuba, China o el México del PRI no me pueden echar la culpa. Yo voté por Mockus. 

martes 9 de marzo de 2010

La Física y la Química de mi vida amorosa

Cuando era niño, el amor parecía muy simple: un juego determinístico donde toda acción tenía una reacción predecible, Newtoniana. Cuando crecí, mi “trabajo de campo” me convenció de que en el amor todo depende, como diría Einstein. Ahora me doy cuenta de que el único que podría explicar lo que pasa en mi vida amorosa es Heisenberg.

El amor desde la dinámica clásica
          Efectivamente, cuando era niño el amor parecía un juego con reglas claras aprendidas con el patrocinio del conductor del bus del colegio: "golpe con golpe yo pago; beso con beso devuelvo, esa es la ley del amor, que yo aprendí, que yo aprendí...". Según eso, el juego del amor podía explicarse fácilmente con la Tercera ley de Newton:  "Con toda acción ocurre siempre una reacción igual y contraria: o sea, las acciones mutuas de dos cuerpos siempre son iguales y dirigidas en direcciones opuestas". En mi imaginario de niño todo se reducía a que si a mí me gustaba alguien y se lo expresaba, la reacción que seguía a esa causa era que yo también le iba a gustar a ese alguien.

          ¿Y qué pasaba si yo no le gustaba a la niña de mis sueños? Pues bastaba con perseverar para convencerla de lo contrario como sabiamente preveía Newton en su primera ley: "Todo cuerpo persevera en su estado de reposo o movimiento uniforme y rectilíneo a no ser que sea obligado a cambiar su estado por fuerzas impresas sobre él."

El amor desde la relatividad general
          A medida que fui creciendo me di cuenta de que, en lugar de un juego con reglas fijas y claras, el amor se parecía más a un ejercicio de estrategia militar con reglas cambiantes. Lo que podía parecerle muy romántico a unas niñas, a otras les parecía una boleta. Sun-Tzu la tenía clara: hay que conocer primero a tu objetivo.

          Sin embargo, no siempre la rigurosa labor de inteligencia que hiciera antes para conocer los gustos de mi “blanco” garantizaba que mis atenciones hicieran que la nena cayera rendida a mis pies. Lo más desconcertante de todo, era que a veces algún baboso aparecía de la nada, sin saber nada de la niña de mis ojos,  y se la cuadraba. No valía que mis poemas fueran impecables, o que las rosas fueran las más bonitas de la floristería… si el man le gustaba, automáticamente a ella le iban a gustar más las frases de cajón del advenedizo y sus flores le iban a alegrar más el día... aunque hubieran sido arrancadas apresuradamente del propio jardín de ella.

          Conclusión, no hay ningún truco que sea objetivamente "mejor" que otro, todo depende del punto de vista de la nena a la que se le esté cayendo. Parafraseando a  Einstein, "la percepción del espacio y el tiempo depende del estado de movimiento de la observadora o es relativa a la observadora".

El amor desde la mecánica cuántica
          Ahora, siento que no entiendo nada y que las veces en que mejor me ha ido es porque el amor me ha caído mientras estaba distraído pensando en otra cosa. Sin embargo, nunca está de más conocer gente a ver si hay química con alguien, pero invariablemente:
  • La nena que es linda, interesante y exitosa profesional... vive en otra ciudad.
  • La mujer misteriosa, entretenida, sexy que vive en mi ciudad... tiene marido.
  • La que es soltera, atractiva, divertida y que vive en mi ciudad... es tan chiquita que es casi ilegal cuadrarse con ella.
          Como quien dice, si me dan gusto en unas cosas, siempre va a haber alguna variable que me impide estar con la mujer ideal. Eso me recuerda a Heisenberg, el primero que previó mi situación con su principio de incertidumbre: "no se puede determinar, simultáneamente y con precisión arbitraria, ciertos pares de variables físicas. Por ejemplo, cuanta mayor certeza se busca en determinar la posición de una partícula, menos se conoce su cantidad de movimiento lineal y, por tanto, su velocidad".

          Sin embargo, no me puedo quejar. Mis profesores de colegio sí me advirtieron que si quería entender mejor el mundo, debía pararle más bolas a la Física. Pero ya que esa batalla parece perdida, voy a darme más oportunidades con la Química.

lunes 11 de enero de 2010

Mi maestra Jedi estaría orgullosa de mí

Si me preguntan qué me pasa, podría hacer un resumen usando personajes de ficción: de niño tenía los problemas de Calvin, de adolescente los de Sheldon Cooper y ahora de adulto (?) tengo los de Anakin Skywalker.

          Efectivamente, cuando era niño tenía increíbles problemas de atención. No importaba cuánta atención pusiera al profesor en el colegio, invariablemente acababa siguiendo con los ojos los patrones geométricos del tablero, del piso, de la camisa del compañero de adelante. Y tal y como Calvin era sorprendido por su profesora al volante de la nave de Spiff, a mí me preguntaban algo preciso cuando cuando ya iba por los paneles del cielo falso.

          Ya en mi adolescencia leía tanto, pero tanto, que tenía en mi cabeza descripciones de lugares y situaciones con los que mis compañeros ni siquiera soñaban. Por eso cuando me escuchaban hablar, todos creían que yo era inteligentísimo (todos, menos mis profesores de álgebra, trigonometría y cálculo que me miraban con profunda conmiseración). Obvio que las gafas culo de botella ayudaban un poco a la imagen. El hecho es que tenía una idea muy clara de cómo debería ser el mundo si fuera regido por la lógica y la razón, y al igual que Sheldon Cooper encontraba muy perturbador que la gente no cumpliera su palabra o que su proceso de toma de decisiones fuera más emotivo que racional.

          Ahora, aunque tengo la edad emocional de un niño de 25 años, las canas en mi barba y en las cabezas de mis ex compañeros de colegio me dicen que ya se supone que debería ser adulto. Ahora el lío es que todo sale distinto a como lo he planeado. Si me pongo a revisar mi historial a la luz de modernas teorías psicológicas, encajo en cuanta vaina rara hay, desde el Síndrome de Asperger hasta el Trastorno de Déficit de Atención. Mejor dicho, a diferencia de Anakin Skywalkwer, aguantarse las ganas de ceder al lado oscuro es una pendejada al lado de todo esto. Sin embargo, mi maestra Jedi insiste en que son puras ganas mías de joder.

          La última tarea que me puso antes de irme del país fue que me expusiera voluntariamente a la situación que más me incomodara. Prueba superada (fácilmente). Lo que no me imaginé es que la verdadera prueba de fuego estaría en mis vacaciones.

          Resulta que cuando volví al país, no llegué directamente a mi casa sino que de Bogotá pegué para Santa Marta a unas vacaciones organizadas por mi mamá “con todo pago”. El problema es que cuando mi mamá paga, significa que es bajo sus condiciones y automáticamente dejo de ser un adulto que toma sus propias decisiones para convertirme de nuevo en un niño de 8 años. Y como me gasté los restos de mi tarjeta débito en el vuelo a Santa Marta, dependía absoluta e irrevocablemente de mi mamá hasta para comprar una bolsa de agua. Es la sensación más desagradable que se pueda experimentar (después de deberle plata a la DIAN, por supuesto).

          La tapa fue cuando traté de volver a casa y no pude hacerlo por avión a pesar de que estuve más de una hora intentándolo. Así que resignado, compré un pasaje en bus para el lunes festivo y empecé a mentalizarme para un viaje de 24 horas por medio país. Sin embargo, cuando fui a montarme al bus, encontré con que Brasilia nos había estafado: el bus viejo e incómodo en el que pretendían enviarnos a Cali no era el carísimo transporte por el que habíamos pagado. Obviamente todos los viajeros protestamos y pedimos a la Policía que interviniera. Cuando dijeron que iban a ver si de pronto nos podían asignar otro bus en tres horas o al otro día, yo opté por cambiar mi pasaje para el siguiente día y devolverme a Santa Marta. Una fuerza misteriosa me retiene aquí contra mi voluntad y nada me encabrona más que verme forzado a hacer algo contra mi voluntad.

          Pero nada. Al mal tiempo, buena cara. Ojalá tuviera con qué pasear el día que me queda. Hasta ahora he logrado monitorear permanentemente mis reacciones y purgar las ideas irracionales que llevan al Lado Oscuro. Y claro, me consuela preparar mi regreso a Santa Marta pero bajo mis condiciones. Junto a la carpa,  no sobra empacar el sable de luz.

sábado 21 de noviembre de 2009

Perdón, Sigi...¿qué?

Todo empezó el primer día de Kinder en el colegio. La profesora llamó a lista y no escuché mi nombre. Temiendo haberme equivocado de salón, levanté la mano y le dije mi apellido. Ella buscó y sólo encontró un tal “Sigifredo Meza”, que obviamente no era yo. Asumiendo que era un malentendido de la secretaría del colegio, dejamos así por el resto del día de clases. Cuando le conté el incidente a mi mamá por la tarde, me sorprendió su reacción. Yo esperaba que se pusiera lívida de la indignación, o por lo menos que se burlara de lo brutos que eran en ese colegio, pero no...

Me explicó que así era mi primer nombre, sólo que a mí toda la familia me había llamado desde siempre “Andrés” a secas. Además la profesora no usó los dos nombres como para al menos darme una pista, sino que sólo leyó el primero (detestable costumbre que me persiguió hasta que me lo quité). La escena de la revelación de ese oscuro secreto familiar fue como la típica donde le confiesan al niño adoptado que sus padres biológicos son asesinos seriales, pero que fresco, que igual lo quieren mucho, bla, bla, bla. El hecho es que por el resto de la Primaria siempre conté con la tácita solidaridad de las profesoras que cuando llamaban a lista sólo usaban el nombre cuando hubiera más de un estudiante con el mismo apellido. Entre nosotros también nos identificábamos únicamente por el apellido, por lo cual era aterrador llamar a la casa de Galvis y sentir ese sudor frío que recorría la espalda cuando nos preguntaban “¿cuál de todos?” y caer en cuenta de que no tenía ni idea de cuál podría ser su nombre de pila.

Pero todo cambió cuando entramos a Bachillerato. Ahora los profesores eran insensibles a sutilezas como el trauma potencial que podrían infligir a un niño al marcarlo en público con un primer nombre como el mío. Ya estábamos en la época en que era MUY importante desarrollar una identidad propia y se consideraba incluso una falta de respeto llamar a alguien por su nombre y apellido normalitos. Era casi tan de mal gusto como regalarle a una amiga un bono de supermercado en lugar de tomarse el tiempo de averiguar qué le podría gustar. Cual vil cartel de narcos o columna guerrillera, en mi colegio reinaban los alias.

Obviamente me salvé de que me llamaran “cuatro-ojos”, “culo e’ botella” o algo peor por mis gafas: con un primer nombre como el mío no era fácil inventarse un apodo más ridiculizante o cruel. Otros no tuvieron tanta suerte. De haber estudiado entre mujeres, a Restrepo Cucalón máximo le hubieran dicho “Restre”, pero como tuvo la mala fortuna de caer en mi colegio, hubo un acuerdo tácito, unánime y demoledor de llamarlo desde entonces y por siempre “Cuca”. Y ya se imaginarán cómo quedó el apellido de Vergara después de la respectiva re-ingeniería.

Cuando llegué a la universidad me quité el primer nombre (un breve trámite ante notario), pero evitaba cuidadosamente a los ex compañeros de colegio para no revivir el apelativo que esperaba olvidar. Me sentía como esos ex convictos que ya pagaron la condena y no tienen cuentas pendientes con la justicia pero que prefieren no contar para que no los miren raro. Obviamente me convertí en víctima de innumerables chantajes, todo con tal de que no contaran ese oscuro secreto de mi pasado, especialmente por un amigo de El Clavo llamado Augusto. Con tan enorme rabo de paja, no sé cómo ha sido tan descarado.

En fin, de todo esto aprendí que es buena idea bautizar a los hijos con dos nombres para que se defiendan con el que más les guste (o que menos les incomode) hasta que tengan edad para cambiárselo. Bautizar a un hijo con un único nombre súper original es como arrojarlo a los lobos maniatado y amordazado, cosa que no pienso repetir. Más ahora que ya alguien se me adelantó y me quitó la idea de bautizar a un hijo con el nombre de “Automan”.

lunes 21 de septiembre de 2009

Arte, artesanías y la necesidad de correr riesgos

En un debate sobre literatura y entretenimiento la periodista cultural Marianne Ponsford declaró que no pensaba perder su tiempo leyendo, por ejemplo, a Paulo Coelho. Un asistente ofendido le preguntó si ella pensaba entonces que los millones de fans de Coelho son seres alienados (¿sabría el asistente lo que significa la palabra?) por disfrutar de un trabajo que es considerado de poco a ningún valor por parte de la crítica. Aunque ella, con enorme gracia y diplomacia, en pocas palabras le respondió que sí, creo que quedó otra pregunta en el aire. ¿Por qué si a tanta gente le gusta este tipo de trabajo, los críticos son insistentes y consistentes en pordebajearlo? ¿Será acaso que Paulo Coelho y Deepak Chopra son genios incomprendidos que serán reivindicados por la crítica cultural en el futuro?

          Aquí creo que cabe distinguir el arte de la artesanía. Para mí, una obra de arte es aquella que logra conmover al espectador, generar en él alguna emoción, ojalá la misma que tenía el autor en mente (me parecería tenaz que la gente se ría con un drama o salga deprimida de ver una comedia). Pero la obra de arte no se queda allí. Además propone algo nuevo, una perspectiva o una manera de hacer las cosas que no se haya intentado antes, ampliando las fronteras de lo conocido. En palabras de William Ospina, el otro invitado al debate, la obra de arte cuestiona, pone en perspectiva, enriquece la relación que yo como espectador tengo con la realidad.

          ¿Entonces, por poner un ejemplo, las chivas de cerámica que los turistas se llevan de recuerdo son obras de arte? Para muchos, estas piezas generan nostalgia en quienes las llevan, además de cierto placer estético, con lo cual estarían cumpliendo con aquello de conmover al espectador. Es más, muchos artesanos igualan (sino es que superan) en habilidad técnica a aquellos que han recibido una formación artística, con lo que la calidad del producto final no es un parámetro definitivo para distinguir una obra de arte de una artesanía.

          Sin embargo, cada una de estas piezas repite la fórmula ya probada (y seguramente refinada por generaciones de artesanos) que tuvo éxito la primera vez. No se corren riesgos al hacer una nueva obra y por el contrario se privilegia el apego a la tradición con mínimas variaciones, precisamente por miedo a fracasar donde el modelo ya probado ha triunfado tantas veces. Eso es lo que yo percibo con muchas obras de Hollywood o de literatura de aeropuerto: están muy bien producidas y mercadeadas, pero repiten la misma fórmula de siempre. ¿El resultado? Que yo como espectador puedo interactuar con estas obras y pasar un rato entretenido, pero mi vida no va a cambiar después de haberlo hecho.

          ¿Significa eso que las artesanías son malas? No necesariamente. Estos son productos que están diseñados para satisfacer una necesidad, y son muy buenos haciéndolo. La prueba es que Dan Brown con su “Código Da Vinci” rompió todas las marcas de ventas registradas en la historia de la literatura, así que al tipo hay que reconocerle que algo debió haber hecho bien. Por otro lado, yo no creo que a este autor o a Deepak Chopra o a Paulo Coelho los trasnoche que no los estén considerando para el Nobel de Literatura, o que sean unánimemente despreciados por la crítica especializada. Ellos dan a sus lectores lo que éstos quieren y ven crecer su cuenta bancaria, exactamente lo que se propusieron. Son los críticos quienes se preocupan de que a estos artesanos los llamen artistas, no los autores o sus lectores.

          Pero volviendo a la pregunta, si lo importante en el arte es proponer cosas nuevas, ¿cómo se logra? A través de la experimentación. Por eso es tan importante correr riesgos, salirse de lo conocido y ver qué funciona y qué no. Los verdaderamente talentosos tendrán más aciertos que fracasos, pero nadie se salva de equivocarse alguna vez. Incluso a William Ospina todavía le pasa que al mostrar un nuevo texto a un amigo lector le digan "¿No te da pena? ¡Qué cosa tan mala la que acabas de escribir!". Quién sabe, de pronto lo que hoy es considerado desagradable o impopular, sea la norma para las audiencias del futuro.