domingo, 27 de noviembre de 2005

Un sueño


Aunque supongo que tengo sueños con frecuencia, casi nunca logro recordarlos. Esta vez logré hacerlo, gracias a una insólita combinación de factores:


  1. me acosté bastante tarde la madrugada anterior,


  2. entre ballenatos (a pesar de la 'b' del título del CD, no eran cantos de ballenas bebés sino música de acordeón para cantar a grito pelado con los brazos abiertos en posición de Niño Dios de pesebre), tandas interminables de reggaeton y una que otra salsita, me agoté cantando y bailando,


  3. mezclamos un Cabernet Sauvignon (que estaba bueno, pero no tan rico como esperaba) con dos galones de Aguardiente Blanco que fueron decididamente los responsables de la borrachera que me hizo caer como piedra cuando finalmente llegué a la cama.


  4. Como resultado de lo anterior, estaba en sueño profundo a eso de las 9:30 a.m. del domingo cuando me desperté abruptamente.


Así cualquiera. A esa hora de la madrugada, lo que me despertó sólo podía tratarse de una llamada de mi mamá al teléfono fijo que nunca suena. En parte por la confusión y en parte por la falta de costumbre de escucharlo timbrar, me demoré un poquito en atender la llamada. El caso es que interrumpido en medio del sueño, logré recordar la mayoría de los detalles del final antes de que se me escurrieran por entre las neuronas:

Estaba visitando una especie de hangar con una mujer de cabello largo. Me estaba preguntando por un pantalón que yo había lucido en una ocasión anterior. Aparentemente ella había quedado 'tramada' por mi apariencia, aunque supuse que esa no había sido mi intención al usarlo porque el pantalón era prestado y había tenido que ponérmelo porque no tenía más. Curiosamente no me visualizaba a mí mismo con la prenda puesta sino que lo recordaba como un modelo tridimensional: era una especie de jean con una parte de cuero, como los pantalones de los vaqueros, y la parte de mezclilla parecía estampada con un diseño camuflado o algo así. Definitivamente algo que yo no luciría por fuera de un sueño.

          Seguimos recorriendo el hangar y encontramos una especie de acuario de luz azulada en medio del espacio abierto del lugar, en medio de la semioscuridad. Por alguna razón, la mujer me retó que quemara el hangar y la pista lo más pronto posible, a lo que accedí. Ambos subimos a un avión (supongo que el mismo en que habíamos llegado al lugar) de cabina doble y despegamos.

          Detrás de nosotros explotó el hangar y las llamas se elevaban bastante alto. Yo maniobré el avión para que subiera verticalmente (casi en ángulo de 90 grados con respecto a la pista), en lo que supuse era un intento por huir de las llamas que veía elevarse como tratando de quemarnos la cola, hasta que el vehículo pareció perder sustentación. Las llamas de la explosión no lograron llegar tan alto y el pequeño avión quedó suspendido inmóvil en el aire por un segundo. Allí pude ver la máquina desde fuera de la cabina y me di cuenta de que era casi como un avión de combate de la Segunda Guerra Mundial, de hélice frontal, fuselaje plateado y diseños rojos y amarillos alrededor de la trompa y en la punta de las alas (ahora que lo pienso se parecía mucho al avión del díptico ?WHAAM!? de Roy Lichtenstain).

          Lo que inicialmente había interpretado como una pérdida de sustentación, resultó ser una maniobra deliberada para hacer que la nave descendiera de nuevo, y para acelerar volví a encender el motor que había apagado unos segundos antes. La maniobra nos llevó rápidamente al infierno que se había desatado abajo y la turbulencia generada por el paso del avión arrastró el fuego detrás de nosotros. Justo antes de llegar al suelo nivelé el avión para que recorriera la pista casi a ras del suelo y como resultado el fuego que veníamos arrastrando acabó por cubrirla. Fue así como logré quemar tanto el hangar como la pista con la misma explosión.


          Cuando me estaba elevando para dar una segunda pasada sobre el hangar, me despertó el teléfono.

martes, 25 de octubre de 2005

El desafío cuántico de las columnas de opinión


En primer lugar yo parto del supuesto de que nada de lo que hagamos o digamos será realmente nuevo. Hay quienes dicen que para verlo todo sólo hay que vivir lo suficiente y si repasamos la historia más allá de un par de generaciones vemos que ésta tiende a repetirse a sí misma. No en vano tipos como Nicolás Maquiavelo, Karl Marx o Alvin Toffler han identificado patrones y fuerzas sociales, políticas y económicas de todo tipo que explican los acontecimientos de la historia y hasta se atreven a predecir grosso modo los acontecimientos del futuro (y en muchos casos aciertan). Es por esta razón que las columnas de Antonio Caballero siempre parecen la misma, ya que los actos y los temas que lo indignan cada semana son básicamente los mismos hoy que hace cuatro años, y que hace 20 y que hace 100.
             De acuerdo con lo anterior, por brillantes que nos parezcan nuestra conclusiones, muy probablemente siempre encontraremos alguien lo suficientemente viejo o lo suficientemente culto como decirnos en nuestra cara que logramos "descubrir que el agua moja". Pues claro, ¿quienes somos nosotros frente a gigantes como Buda, Platón, Tomás de Aquino o José Ortega y Gasset? ¿Qué nos hace pensar que hemos descubierto algo nuevo cuando semejantes genios ya tuvieron cientos de años para descubrirlo?
             Algo parecido sucede con el mundo físico. Si superestrellas como Aristarco de Samos, Kepler, Copérnico o Newton crearon modelos que predicen el movimiento de los cuerpos celestes, pareciera que los planetas no tienen más remedio que obedecer con resignación los dictados de sus severas leyes. Estas leyes y modelos dieron origen a una cosmología mecanicista según la cual todos los movimientos de los cuerpos del universo ya fueron determinados por las condiciones iniciales del Big Bang (incluyendo nuestros comportamientos). Y sin embargo, sus herederos deben contener su indignación ante la desconcertante manía de las partículas subatómicas de hacer lo que les da la gana sin importar sus reprobadoras miradas que esperan ver acatadas las sagradas "leyes". La física cuántica nos devuelve así el libre albedrío que el mecanicismo nos quería arrebatar, y nos recuerda que por inevitables y predecibles que parezcan los eventos que nos rodean, como individuos que conforman ese enorme mecanismo que llamamos sociedad todavía tenemos la responsabilidad y el derecho de elegir, dentro de ciertos límites, qué queremos hacer y cómo.
             Pues mi brillante perogrullada de turno es que, aunque hay verdades históricas que deben nuevamente ser dichas en una sociedad que padece de amnesia, lo realmente novedoso y atractivo de una columna de opinión es la reinterpretación de la realidad a partir de la propia experiencia de quien escribe. Lo que nos ha pasado en la vida seguramente ya le pasó a un personaje de Homero, de Joyce o de Cortázar, pero nunca exactamente de la misma manera, en las mismas circunstancias, con la misma intensidad. Eso es lo que yo creo que podemos trasmitirle a quienes nos leen, mostrándonos, desnudándonos, exponiéndonos como seres humanos para que el lector pueda identificarse y sentirse atraído por la experiencia de un congénere. El lector que ya conozca la realidad objetiva se sentirá atraído por la novedad que representa ver esa misma realidad pero a través de la perspectiva de la propia subjetividad del autor. Todo lo demás será noticia, información.
             Por eso me gustan tanto los artículos de opinión o las crónicas que rescatan algún evento de la vida personal de autor, que nos permitan contextualizar y matizar las conclusiones o la interpretación de la realidad que está aportando en su trabajo. Uno puede aportar hechos concretos (que el artículo sea de opinión no significa que no se deban argumentar las tesis defendidas) pero sin duda su interpretación se ve influida por las circunstancias del autor, y en la medida en que las conozcamos podremos entender su posición independientemente de que compartamos o no su posición.
             Para hablar de ejemplos concretos, de las columnas de opinión de Semana la que más me gusta es la de Héctor Abad Faciolince, ya que en cada edición reúne todos los elementos que considero que debe tener un trabajo de este tipo. Sin caer en el dogmatismo o el fanatismo, expone las razones personales que influyen en la carga emocional de sus posiciones, sin dejar por ello de argumentarlas con una decorosa objetividad. Este balance entre emoción y razón, subjetividad y objetividad es lo que hace para mí la columna de Héctor Abad atractiva, sorpresiva, novedosa, mientras que la de Antonio Caballero es casi seguro que va a atacar al presidente-candidato Uribe y la de María Isabel Rueda a defenderlo.

lunes, 17 de octubre de 2005

Lo que he estado jugando: Star Trek Bridge Commander

             Por si alguno se ha preguntado por qué no he vuelto a escribir al ritmo en que lo estaba haciendo, la respuesta está en un par de juegos de simulación/estrategia que me atraparon hace algunas semanas.
             El primero de ellos es "Star Trek: Starfleet Command", que consiste en una serie de campañas militares donde se juega como un soldado del Imperio Klingon, del Imperio Estelar Romulano o de la Federación Unida de Planetas. A diferencia de "Star Trek: Armada II" donde se juega con el Enterprise-E de Jean-Luc Picard, en este juego toca arrancar desde abajo con una nave lijera que se puede ir equipando o cambiando por otra mejor en la medida en que se avance en las misiones. Dependiendo del bando en el que se esté, las misiones se tratan de conspirar contra la alianza Klingon-Federación o de protegerla. Para los que consideren muy fáciles estas campañas, también hay misiones libres donde puede enfrentarse a hordas de Borgs dispuestos a asimilar al jugador.
             Este juego ha sido mi primera experiencia con el manejo de una tripulación. Implícitamente se entiende que una nave más grande que un transbordador necesita más de una persona para manejarla, pero en otros juegos se asume que el comandante toma todas las decisiones y ejecuta los comandos necesarios (todo en uno). Aunque ocurre lo mismo con "Starfleet Command", lo novedoso para mí fue que dependiendo de las habilidades que se ejerciten más en cada misión, el oficial responsable de esa área tendrá "más cancha" en la siguiente batalla. Esto implica que si en una estación espacial se recluta, por ejemplo, un buen oficial táctico, el desempeño será bueno al dispararle a los enemigos. Si por el contrario en un encuentro llegan a haber daños graves en el casco y se muere o incapacita el oficial de ingeniería o el timonel, la navegación se vuelve muy problemática porque lo sustituye un suboficial con menos capacidad.
             Por otra parte, "Star Trek: Bridge Commander" es otro paseo completamente diferente. Si bien en "Starfleet Command" los oficiales eran la novedad, no pasaban de ser voces en medio del juego y una ficha de desempeño en el cuadro de oficiales de la tripulación. En "Bridge Commander" se juega desde la silla del capitán de una nave clase "Galaxia" (la misma de la serie de TV "Star Trek: The Next Generation"), con lo que más de uno podrá cumplir la fantasía de jugar a ser Jean-Luc Picard al frente del Enterprise-D. Esto implica que el comandante toma las decisiones y se las comunica a sus oficiales del puente (o aprueba sus recomendaciones) FRENTE A FRENTE, EN EL PUENTE DE MANDO DE LA NAVE.
             Aunque también está la opción de "salir" del puente y ver la acción desde fuera de la nave, la sensación de estar en la silla del capitán es muy distinta. Incluso cuando un enemigo logra abatir los escudos y acertarle al casco de la nave, la pantalla tiembla como en las películas, las consolas de los oficiales chisporrotean y los tripulantes se agarran para no caerse del asiento. Para mí, esto hace que la inmersión sea todavía mayor, hasta el punto que mis vecinos deben estarse preguntando a qué se deben los madrazos que grito cuando fallo en alguna misión. Espero que se me pase con los días.
             De todos modos, para los fanáticos del universo de Viaje a las Estrellas estos son juegos de culto, que sin embargo estoy seguro de que pueden satisfacer a la mayoría de los adictos a los juegos de simulación. Para mí la mayor ventaja radica en que, como son juegos relativamente viejos (2002-2003) son soportados suficientemente por mi humilde tarjeta de video ATI Radeon 7000 y no requieren periféricos especiales para mejorar la experiencia sino que pueden jugarse sin problemas a punta de ratón y teclado, como los clásicos.
             Un aspecto final para resaltar. Como el espacio cósmico es tridimensional, los asteroides, estaciones espaciales y naves se distribuyen también tridimensionalmente en dicho espacio. Para mantener la simulación lo más real posible, el juego representa los objetos efectivamente en 3D, pero no obliga al jugador a estimar distancias ni adivinar posiciones relativas de los objetos con respecto a la nave como lo hace "Homeworld", por ejemplo. Este último juego es también bastante realista, pero manejar el espacio tridimensional es tan complejo que a veces algo tan sencillo como interceptar un asteroide que está "quieto" es una hazaña. "Armada II" y "Starfleet Command" por su parte le apuestan a una organización sencilla en un "plano" bidimensional del cual casi no se separan los objetos, por lo que navegar en el espacio es casi como hacerlo por un mapa. Los creadores de "Bridge Commander" acogieron la solución natural que le han dado los creadores de la serie en las películas: hacer el el computador de la nave rastree los objetos (bajo el control del oficial de operaciones) y permitir al timonel fijar un curso hacia las coordenadas que la máquina le dé a escoger. Con lo complejo que puede ser navegar en el espacio (o luchar contra un destructor Romulano) donde no se cumplen muchos de los supuestos de la navegación aérea, creo que en un futuro cercano la navegación espacial será como la plantean en este juego que posiblemente se vea restrospectivamente dentro de muchos años como profético.

Fotos de mi ruta en bicicleta



Hoy publiqué en mi album algunas fotos de mi ruta en bicicleta, incluyendo algunas de mi visita a la nueva sede de ParqueSoft. Afortunadamente llegar hasta allá en bicicleta es mucho más fácil que trepar hasta la sede anterior en la San Buenaventura (alguna ventaja debía tener el trasteo).

viernes, 23 de septiembre de 2005

Cuando tu novia se va para Londres

Hace poco estaba desatrasando a un amigo de los últimos acontecimientos de mi vida:

  • ...y ando medio desubicado porque mi novia acaba de irse a estudiar a Londres...

  • ¿Cómo así? ¿Por cuánto tiempo?

  • Pues si ella vuelve, no será antes de un año que es lo que dura su maestría.

  • ... --sacudió la cabeza con cara de ¡perdiste!

  • ¿Y cómo estás tan seguro?

  • ... --se señaló a sí mismo.

  • ¿Te pasó lo mismo?

  • Claaaaaro. Ella va a cambiar muchísimo en un momentico. Yo llevaba unos seis años con mi novia y ella estaba obsesionada con la idea de irse a Estados Unidos. Sin embargo, logré convencerla de que se fuera para Europa que debía ser más interesante y finalmente le salió el viaje para Londres. Allá estuvo viviendo como seis meses, estudiando inglés y trabajando como mesera en un bar. Nos encontramos en París en el apartamento de una tía suya; el plan era salir de allí a recorrer lo más que pudiéramos de Europa como mochileros y al final del viaje devolvernos ya para Cali. Pero apenas nos vimos empezó la peleadera... ella estaba cambiadísima. Siempre dicen que el que viaja cambia más que el que se queda, pero eso ya era el colmo.

  • ¿Cómo así? ¿En qué había cambiado?

  • Pues yo iba a lo que iba (prácticamente ya me estaba poniendo el condón) cuando ella empezó a decirme que estaba confundida, que no sabía qué hacer conmigo, que verme era como volver a su pasado, etc., etc., etc. El caso es que no estaba segura de querer seguir conmigo a pesar de lo que habíamos pasado juntos y de los planes que teníamos.

  • ¿Y qué le dijiste?

  • Pues me emputé. Me fui poniendo rojo y le grité que no había gastado todos mis ahorros, empeñado hasta la camisa y atravesado medio planeta para ir detrás de ella como para que me saliera con semejante chorro de babas. Ahí mismo decidí que si con ella no iba a haber re-encuentro, yo no iba a perder el viaje y opté por seguir con mis planes de conocer Europa, con o sin ella. Al otro día me lavé la cara, agarré mi morral y salí a conocer París (y ella salió conmigo). Para comer comprabamos pan francés, la mortadela más barata, queso y una caja de vino para estirar lo más posible el presupuesto. Hicimos más o menos lo mismo en todas las ciudades por las que pasamos pero anduvimos juntos casi a regañadientes. Al final nos devolvimos para Cali pero cuando llegamos cada uno pegó para su casa y no volvimos a hablarnos. Prácticamente, terminamos. Para colmo, las pocas veces que volvimos a hablar en lugar de pensar en volver (a nuestro noviazgo), lo que le notaba eran ganas pero de devolverse para Londres, que estaba superaburrida acá a pesar de tenerlo "todo".


Confieso que a medida que el relato iba avanzando se me iba formando un nudo en la garganta. Por supuesto que yo sabía que algo como lo que le pasó a él podría pasarme a mí, pero escuchar un testimonio así en primera persona hace que más real lo que antes me parecía una lejana probabilidad estadística.

Después del choque inicial, pasé a la etapa de negación. Le pregunté a mi amigo detalles buscando desesperadamente algo que diferenciara su caso del mio, y afortunadamente encontré una ramita a la cual agarrarme en el borde del despeñadero. Después de todo, su novia nunca había sido independiente antes de viajar a Londres, por lo que vivir en su propio espacio, haciéndose cargo de sus propias decisiones y sin compromisos en una ciudad con una variadísima oferta cultural y agitada vida nocturna (todo junto) tal vez fue demasiado para ella. Prácticamente había renacido a una nueva vida donde literalmente el mundo se había abierto ante sus ojos. Claro, con razón ver a mi amigo le recordó el pasado del que quería huir (dependencia de los padres, trabajo estable pero aburrido, una ciudad que desde fuera se percibe aún más provinciana, una relación sentimental de muchos años que no evolucionaba).

Por el contrario, creo que una sabia decisión de nuestra parte fue acordar con mi novia que antes de avanzar a otro nivel en nuestra relación cada uno se diera un año para vivir independientemente. De esta forma, cuando se concretó el viaje a Londres cada uno había vivido la experiencia de jugar a ser adulto: ser independiente económicamente (con todas las angustias, satisfacciones y altibajos que implica), de establecer las prioridades de cada uno y turnarnos los apartamento para dormir juntos sin despertar suspicacias en nuestros padres. Por eso pienso que el impacto en nuestra relación puede no ser tan grande con en la de mi amigo. Pura negación asistida por mi alcahueta mente racional.

Después, pasé a la etapa de protesta, a recriminarme por cosas que hice y que de dejé de hacer. Específicamente recordé que aunque terminamos y volvimos antes del viaje, mi posición "oficial" como novio no tenía más sustento que una vaga promesa de re-encontrarnos un año más tarde (allá, por supuesto). Sin embargo, entre la despedida y el re-encuento había un año de mutuas "vacaciones" en que cualquier baboso con acento británico y un fugaz parecido con Ewan McGregor tendría más posibilidades de rumbearse a "mi novia" que yo mismo. En resumen, fuera de la vaga esperanza de que después de haber conocido lo bueno (léase su relación conmigo) difícilmente se contentaría con menos, nada garantizaba que me esperara porque yo no había propiciado compromiso alguno (¡Tonto, tonto, tonto!). Para colmo de males, ella no se va a devolver a menos que la echen o que cumpla su propósito de trabajar y estudiar allá por varios años.

Finalmente, decidí aprender de la experiencia de mi amigo y pensar en un plan B. El vago propósito de ir a Londres dentro de un año no podía tener como única motivación saber si todavía tenía una novia esperándome para continuar nuestra relación. Me dí cuenta de que, independientemente de que congeniáramos al volver a vernos, mi viaje debía tener un propósito propio. De esta forma, si nos re-encontramos hago moñona, pero si no, al menos no voy a sentir que perdí el viaje. Por esta razón es que estoy buscando desde ahora algún posgrado allá que pueda estudiar mientras comparto mi estancia con la persona que espero volver a encontrar.

¿Quién sabe? Después de todo, tal vez la experiencia de mi amigo tenga final feliz indirectamente a través mío.