miércoles, 20 de septiembre de 2006

Hace 10 años


Hace 10 años estudiábamos en una universidad que, más que la puerta hacia el Universo, parecía un colegio grande, donde las cosas que preocupaban al mundo parecían no atravesar la burbuja de cristal que nos rodeaba. En esa época, todo lo sabíamos del mundo nos llegaban exclusivamente a través de los medios masivos de comunicación, que sospechosamente se parecían mucho entre sí. Hace 10 años todavía buscábamos información en las bibliotecas y hemerotecas, pues para consultar Bitnet (uno de los predecesores de Internet) había que ser un iniciado de últimos semestres de electrónica con proyecto de investigación sobre robótica. Tímidamente empezábamos a comunicarnos con nuestros amigos a través de un programa de pantalla negra y letras verdes llamado PINE , ya sea que estuvieran al otro lado del océano o a dos cubículos de distancia.
          Hace 10 años el único navegador era Mosaic y no había que ser demasiado ñoño para saber que el primer sitio web que existió fue el del CERN. No era raro que nos fuéramos toda una tarde de sábado a la universidad sólo para hablar con quien fuera que estuviese conectado por un servicio llamado IRC (otra vez la pantalla negra y letras verdes), y las primeras víctimas de adicción al chat empezaban a proliferar como los mirones en un accidente de tránsito.
          Hoy, 10 años después, los medios impresos se disputan el privilegio de que la gente lea en línea y gratuitamente sus contenidos. Ahora se posicionan las bitácoras en línea como un espacio en la red que ya empieza a tener influencia en el comportamiento del mundo "real". Si la realidad del mercado laboral nos recuerda sin piedad que cada vez hay menos oportunidades para los empleados que para los emprendedores, la realidad de la red nos anticipa que la información y la opinión ya no estarán en pocas manos, que la cómoda posición de consumidores de lo que los monopolios y duopolios quisieron vendernos ya no es tan defendible cuando tenemos tantas opciones diferentes. Ahora el reto es tener el criterio suficiente para escoger qué leer, a quién leer y formarnos nuestra propia idea de cómo es el mundo. Cada entrada en las bitácoras del mundo es como un pixel más en una foto que se hace más nítida en la medida en que aumenta de resolución.
          Hace casi una década se publicó la primera edición impresa de El Clavo. Un mes después se publicó la siguiente edición con mi primer artículo escrito a cuatro manos con Andrés David Aparicio. Hace un mes se cumplió un año desde que inicié esta bitácora, y espero que me acompañen muchos más en el ejercicio de retratar al mundo desde mis publicaciones y desde sus comentarios.

viernes, 18 de agosto de 2006

Nuestra fe ciega

Bogotá, DC. 5:30 de la madrugada. 14 grados centígrados. Con los ojos un poco entornados por el sueñito abro la llave de la ducha. Si no hubiera temido despertar a mis compañeras de apartamento, el alarido de horror que atrapé en mi garganta se hubiera escuchado hasta Monserrate.
          La razón de mi sorpresa fue que abrí la llave del agua caliente con la razonable expectativa de que no saliera helada (¿era acaso demasiado pedir?), pero ya estando en pelota en la ducha y con la cabeza mojada, decidí acabar de bañarme en lugar de salir a coger a patadas el calentador. Tenía tanto frío que cuando salí del baño el espejo quedó empañado, no por el vapor de la inexistente agua caliente sino por las muchas veces que el frío me hizo exhalar entrecortadamente. Imagino la cara de indignación de mis compañeras cuando, al ver el espejo empañado y ni gota del agua caliente, dedujeron razonablemente que yo me la había gastado toda.
          El malentendido no pasó a mayores y después nos pusimos a analizar por qué demonios no salía el agua caliente. Abrimos y cerramos las llaves de paso, movimos los conmutadores eléctricos del tablero principal de la cocina, probamos diferentes combinaciones de interruptores cercanos (según alguien a quien consultamos, el calentador estaba conectado al mismo circuito que la luz del espejo del baño), hasta llegué a dibujar una tabla con los estados de los interruptores para asegurar que habíamos barrido todas las combinaciones posibles.
          Sin embargo, y a pesar de los desesperados esfuerzos de TRES ingenieros de sistemas (y de diferentes universidades, para evitar suspicacias) dispuestos a lo que fuera con tal de no bañarse de nuevo con agua fría, el hijueputa calentador se quedó ahí, fresco, sin dignarse siquiera a engañarnos con un ronroneo, aunque fuera una vibracioncita esperanzadora. Al otro día llegó otro compañero; movió los mismos interruptores, abrió los mismos grifos e hizo las mismas preguntas estúpidas que hicimos antes. Conclusión: Calentador 4 ? Ingenieros de sistemas 0.
          En este momento caí en cuenta de que así como confié mi integridad física y mental (bañarse en Bogotá con agua fría debería ser considerado deporte extremo) al supuesto de que tendría agua caliente, no era la primera vez que lo hacía. Sabíamos QUÉ hace el calentador, pero no CÓMO lo hace (y por lo tanto no teníamos idea de hacerlo funcionar si fallaba). Cuando ingresamos en una caja cerrada como un ascensor o un avión, quedamos indefensos, renunciando completamente a tener algún tipo de control, confiando ciegamente en la cadena de pequeños milagros que son necesarios para desafiar la gravedad y proteger nuestra vida en condiciones para las que el Homo Sapiens no fue diseñado. Al menos cuando montamos en bicicleta, conducimos un carro e incluso al volar en un parapente, todavía nos queda cierto margen de control sobre nuestro destino.
          Abandonarse en manos de las máquinas hasta ese nivel es profesar una fe tan ciega como la de cualquier fanático que se respete. Después de todo, al abandonarme de forma tan absoluta y sin cuestionamientos al capricho de las máquinas, acabé siendo menos racional y consciente de lo que siempre había querido creer. Pero bueno, después de la profunda reflexión (y aclarando que ya superé completamente el incidente y no volví a pensar en el asunto), ¿a alguien se le ocurre por qué putas el calentador de mierda nos dejó morir en Bogotá?

lunes, 31 de julio de 2006

Crónica de una muy postergada despedida

Pues como había venido amenazando desde hacía varias semanas, ayer por fin logré despedirme de mi ex. A diferencia de ella, que logró superar esa relación pasada hace raaaaato, yo seguía "medio enredado" (esto es un delicado eufemismo para decir "mucho muy engrampado") sin siquiera darme cuenta.
          El domingo por la mañana desperté de un sueño más o menos así:
          Yo estaba en una instalación a la que había llegado con mi ex y en la que habíamos pasado un tiempo, que para efectos prácticos era como un internado. Debía ser de madrugada porque no había gente por los pasillos y todo estaba medio en penumbra y en silencio. Había recibido un mensaje de ella en el que me contaba que había logrado escaparse, y que ahora me instaba a hacerlo yo mismo.
          No es que yo estuviera precisamente a gusto en ese sitio, pero creo que necesitaba un empujón externo (como cosa rara) para decidirme a actuar. El asunto es que vi que uno de los internos había conseguido unas llaves y estaba intentando abrir una puerta para escapar. Yo lo estaba espiando para determinar si era viable unirme a la fuga o al menos descubrir cómo lo estaba haciendo para yo intentarlo por mi cuenta después. Robarle las llaves también estaba dentro de las posibilidades que pasaban por mi cabeza, pero justo en ese momento desperté.
          Ahí me sentí como el cerebro de Homero, que después de una cagada especialmente espectacular, dice "Se acabó, ¡me largo de aquí!" y se escucha cuando el cerebro cierra la puerta y se va con sus maletas. Ese sueño ya era el colmo y me levanté decidido a ponerle fin a esta situación tan incómoda.
          Necesitaba ayudarme en dos frentes: el consciente y el inconsciente. En lo consciente necesitaba no dar papaya exponiéndome al recuerdo del pasado, por lo que recogí todos los recuerdos, cartas, tarjetas, fotos y cosas así que logré encontrar. Fui tan concienzudo que hasta un relato recreando la noche en que nos conocimos fue a dar a la caja donde guardé todo. Del computador borré todo (los contactos de MSN y Skype, las fotos que ella mandó desde que llegó a Londres). Aprendí que un apego negativo es tan vinculante como cualquier otro apego, por lo que descarté la idea de estampar en una camiseta las fotos de ella con su flamante novio costeño, que yo había bajado con la esperanza de que me ayudaran a desengañarme.
          Ahora en lo inconsciente, necesitaba hacer el ritual de despedida, por lo que antes de borrar de Skype su número de móvil, la llamé para despedirme. Afortunadamente las lágrimas no me impidieron decir lo necesario ni me afectaron la voz. Cuando colgué, borré el número y fotocopié una foto de la caja para continuar con el ritual. Allí revisé mentalmente la llamada y caí en cuenta de que entre todas las cosas que le dije (hablamos como 10 minutos) por ninguna parte me despedí. Maldiciendo la asombrosa habilidad de mi mente para la evasión, tuve que empezar a buscar nuevamente el número para volverla a llamar; casi no lo encuentro (fui bastante concienzudo). Rojo de la vergüenza por el oso que estaba haciendo (espero que mi amigo "anonymous" esté frotándose las manos de regocijo por esta oportunidad dorada de decirme lo patético que soy) le ofrecí disculpas por la boleteada, y ahora sí le dije claramente que me quería despedir, que muy querida, muy de la casa, pero que esperaba que fuera muy feliz sin mí. Hábilmente, ella me dijo que en un futuro lejano esperaba poder ofrecerme "otro tipo de relación", con lo que cerraba herméticamente cualquier rendija por la cual mi mente inconsciente hubiera podido evadirse con esperanzas de una remota e improbable reconciliación futura.
          Libre por fin, me llevé la copia de la foto al río. Repetí en voz alta lo que le dije a ella por teléfono, rompí la foto, hice una bola con los pedazos y la arrojé al río. Lamentablemente la bola no era muy aerodinámica y fue a parar a una mata. Aterrado por el mal augurio, bajé como loco a buscar el papel y asegurarme esta vez de que sí se lo llevara la corriente. Observé fijamente cómo se alejaba la foto y lo que representaba hasta que se perdió de vista.
          Ahora, el ritual está completo. De la experiencia me quedó una muy querida amiga en Londres y una taza de té que por fin está vacía de nuevo.

domingo, 23 de julio de 2006

Cuando el ex de tu novia es nadie menos que Superman


Creo no estármele tirando la película a nadie si revelo que en esta entrega Loise Lane vive con el novio. Tampoco creo que alguien deje de disfrutarla si además aclaro que el novio no es Superman, ni siquiera Clark Kent, sino Richard, el sobrino del dueño del Diario El Planeta.
          Sin embargo, me arriesgo a ser abucheado (como Homero Simpson a la salida de Star Wars: Empire strikes back por revelar la identidad del padre de Luke) por una buena razón: todavía no me deja dormir la angustiante sensación de sentirme identificado con Richard.
          En primer lugar, el ex de su novia es nadie menos que Superman. Ojo, no estamos hablando de Brad Pitt o de David Beckam, nooooo... es SUPERMAN. El maldito no sólo es pinta, inteligente, sensible (hasta allí Richard tiene ?chico? de competir) sino que para aplastar como a una cucaracha la autoestima de cualquier rival, Superman tiene toda una serie de atributos que ningún otro hombre tiene en su haber.
          Para empezar, el tipo tiene el encanto exótico de los extranjeros (que su país de origen esté en otro planeta no lo hace menos extranjero; de hecho creo que el hecho de ser extraterrestre les pica todavía más la curiosidad a las viejas); puede volar tan rápido que puede estar casi en todas partes para rescatar a las nenas en apuros; además su trabajo es tan pero tan noble que en comparación uno no puede evitar sentirse tan vil como un traqueto o un productor de porno infantil. Para rematar, Loise no se ha casado con Richard después de tantos años de vivir juntos porque en el fondo, nunca ha dejado de amar del todo a su ex.
          En lo que me siento como Richard, es en que desde diciembre pasado todas las mujeres que me han llamado la atención padecen del síndrome de Loise Lane: tienen una relación no concluida con el ex novio que les impide concentrarse en el presente (o sea yo). La vaina es que aunque el baboso de turno no sea precisamente Superman, el hecho de que no sea juzgado por lo que es, sino por la imagen de cómo ella lo recuerda. Como la memoria es supremamente selectiva, los buenos recuerdos suelen parecer todavía mejores de lo que en realidad fueron, mientras que uno sí debe asumir las consecuencias de sus actos.
          Por ejemplo, aunque el ex novio no sea Superman, parece que lo fuera porque está en todas partes (obvio, está en la cabeza de ella) mientras que a uno le toca hacer malabares para que le acepten una salida o cuadrar algún espacio donde cuadren los horarios de ambos. Además, si la relación pasada 'terminó' por alguna razón externa a la pareja como la distancia, el mancito siempre va a ser "divino" porque sus cualidades tenderán a ser exageradas y sus defectos minimizados gracias a que el afecto nunca desaparece del todo. Ante semejante panorama, el fantasma del ex novio es casi tan intimidante como lo es Superman para el novio actual de Lois Lane.
          Afortunadamente creo haber encontrado la solución al tal síndrome. Una amiga de Bogotá me hizo caer en la cuenta de que si sólo me llaman la atención las colegas de Lois Lane muy posiblemente se deba a que yo mismo lo padezco todavía. Efectivamente, aunque mi última relación no era perfecta, sí ha sido la que más me ha llenado y se 'acabó' por la distancia más que porque hubiéramos tenido alguna razón interna para terminarla (aunque por supuesto no estaba exenta de problemas). Ahora me doy cuenta de que no he hecho el duelo por la separación como es debido, y posiblemente todavía estoy enredado en la misma situación que le critico a Lois Lane.
          Si para dejar de sentirme como Richard debo hacer un ritual de despedida, creo que no tengo mucho que perder y sí todo el universo por ganar.

jueves, 6 de julio de 2006

Tres generaciones de El Clavo

Tres generaciones de El Clavo donde la barriga de cervecero no es lo único en común: Daniel Guzmán (Memento), Diego Porras (el jalapeño), Andrés Meza Escallón (Esbirro), Céxar López (Cabézar Ñópez) y Ricardo Caicedo (Pitch).