
Hace 10 años estudiábamos en una universidad que, más que la puerta hacia el Universo, parecía un colegio grande, donde las cosas que preocupaban al mundo parecían no atravesar la burbuja de cristal que nos rodeaba. En esa época, todo lo sabíamos del mundo nos llegaban exclusivamente a través de los medios masivos de comunicación, que sospechosamente se parecían mucho entre sí. Hace 10 años todavía buscábamos información en las bibliotecas y hemerotecas, pues para consultar Bitnet (uno de los predecesores de Internet) había que ser un iniciado de últimos semestres de electrónica con proyecto de investigación sobre robótica. Tímidamente empezábamos a comunicarnos con nuestros amigos a través de un programa de pantalla negra y letras verdes llamado PINE , ya sea que estuvieran al otro lado del océano o a dos cubículos de distancia.
Hace 10 años el único navegador era Mosaic y no había que ser demasiado ñoño para saber que el primer sitio web que existió fue el del CERN. No era raro que nos fuéramos toda una tarde de sábado a la universidad sólo para hablar con quien fuera que estuviese conectado por un servicio llamado IRC (otra vez la pantalla negra y letras verdes), y las primeras víctimas de adicción al chat empezaban a proliferar como los mirones en un accidente de tránsito.
Hoy, 10 años después, los medios impresos se disputan el privilegio de que la gente lea en línea y gratuitamente sus contenidos. Ahora se posicionan las bitácoras en línea como un espacio en la red que ya empieza a tener influencia en el comportamiento del mundo "real". Si la realidad del mercado laboral nos recuerda sin piedad que cada vez hay menos oportunidades para los empleados que para los emprendedores, la realidad de la red nos anticipa que la información y la opinión ya no estarán en pocas manos, que la cómoda posición de consumidores de lo que los monopolios y duopolios quisieron vendernos ya no es tan defendible cuando tenemos tantas opciones diferentes. Ahora el reto es tener el criterio suficiente para escoger qué leer, a quién leer y formarnos nuestra propia idea de cómo es el mundo. Cada entrada en las bitácoras del mundo es como un pixel más en una foto que se hace más nítida en la medida en que aumenta de resolución.
Hace casi una década se publicó la primera edición impresa de El Clavo. Un mes después se publicó la siguiente edición con mi primer artículo escrito a cuatro manos con Andrés David Aparicio. Hace un mes se cumplió un año desde que inicié esta bitácora, y espero que me acompañen muchos más en el ejercicio de retratar al mundo desde mis publicaciones y desde sus comentarios.



