lunes, 2 de julio de 2007

Del fino arte de comentar

Don Lanark volvió a las andanzas con una entrada a su bitácora titulada “Este blog no se acabó”. Y bueno, aunque habla sobre la falta de voluntad para escribir, no me parece del todo paradójico que incluso ese tema amerite comentarios. No me aguanté las ganas, y me salió una pastoral que preferí publicar aquí.
          Creo que cuando uno pierde el ímpetu por decir cosas muchas veces es cuando se vuelve más dispuesto a escuchar (o en este caso particular, a leer) y a comentar sobre las ideas de otros. El fino arte de comentar no parece tan glamoroso como el de publicar en la propia bitácora, pero creo que si hago un recuento del tiempo que paso conectado, buena parte se me va comentando en blogs ajenos. Todos esos bytes fruto del sudor de mis dedos deberían poderse incluir en la hoja de vida o algo así.
          En primer lugar, me parece muy interesante la forma como Adriana pide a sus lectores que cuando abran la boca (o publiquen el comentario) se aseguren de correr riesgos; nada de palmaditas en la espalda. Por correr riesgos yo entiendo decir algo nuevo que no se haya dicho antes, que aporte a la discusión, que confronte al bloguero o que lo incite a asumir una posición más comprometida. Por ejemplo, hay comentarios de Vladimir que me han exigido re-pensar algunas cosas y argumentar más sólidamente mis hipótesis. ¿Qué más se le puede pedir a su público?
          Claro, también están los trolls, que más que todo comentan para armar tropel o atacar al autor en lugar de aportar. Recuerdo la alegría de Lanark cuando pensó haber encontrado a su primer troll; ese era el indicador objetivo de que su blog se estaba volviendo famoso. Yo tal vez soy todavía demasiado intolerante como para aguantarme uno, pero he tenido la fortuna de que cuando he recibido comentarios en contra de mis propuestas, han sido con altura. Yo también me alegré cuando creí encontrar mi primer troll, pero resultó ser sólo un ex novio celoso respirando por la herida, sin mayores argumentos ni interés más allá del post específico donde comentó.
          A muchos de los blogs que me gusta leer he llegado gracias a los comentarios de sus autores en otras bitácoras. Cuando encontraba una posición especialmente llamativa o bien argumentada, me gustaba rastrear al comentarista hasta su blog para saber si sus propios artículos estaban a la altura de sus comentarios. Y claro, en muchos casos no era así, pero entonces me daba la impresión de que era más mérito del autor escribir artículos tan buenos que motivaban comentarios igualmente buenos de gente que por lo regular no publicaba algo especialmente brillante. También he leído gente que prefiere hacer de Sócrates y comentar lo estrictamente necesario para que los autores de los blogs reflexionen y se cuestionen sobre lo que escribieron y a veces llegan a conclusiones más interesantes. Para mí ese es el comentarista super saiyajin, que logra un máximo efecto con el mínimo de palabras, sin imponer sus ideas sobre las del autor, pero al mismo tiempo ayudando a pulirlas. Qué pesar que con la migración de la plataforma de Blogger se haya perdido esa forma automática de llegar a muchos blogs a través del perfil de quien dejó el comentario. Las bitácoras basadas en Wordpress al menos dan la opción de dejar el URL del propio blog para quienes quieran seguirlo.
          No recuerdo quién decía algo como que uno no debería escribir a menos que le fuera absolutamente imposible no hacerlo. Antes que escribir por escribir o por complacer a sus fans, me parece preferible comentar y/o leer los blogs ajenos como una forma de tomarse unas merecidas vacaciones mientras se vuelve a sentir ese impulso por escribir las propias ideas. Mientras tanto, ¿qué tienes para decir?

4 comentarios:

Vladimir dijo...

Si tuviste un troll que resultó ser un "ex novio celoso", yo pregunto con intriga: ¿ex novio de quién exactamente?
... o hay facetas de tu personalidad que yo no conozco?

MAREÑA dijo...

La verdad al principio me daba pena hacer comentarios, ahora soy fanática quiero comentar en todos, la culpa es de ustedes por enseñarme, he estado en sitios muy buenos, he encontrado perfiles acordes a mis necesidades, y en cada blog hago un comentario, después no me acuerdo dónde estuve, si me interesa lo guardo en favoritos, cada vínculo me lleva a otro y otro obviamente haciendo su respectivo comentario hasta que digo qué huele? el almuerzo se quemó... cáspita tocó hoy huevo con arroz...

adriana dijo...

Primero que todo ofrezco disculpas: no apareci por el parque.
Segundo, gracias por el link
Tercero, reitero que ando hambrienta de comentarios que me inquieten, aunque debo decir que han vuelto timidamente.
Finalmente, digo que tengo mucho que decir sobre este lugar en el mundo en donde me encuentro por esto dias, pero he empezado a sentir que es mejor guardar silencio a ver si alguien escucha.

Lanark dijo...

aaaagggh ¡ahora me doy cuenta de que no había comentado acá!

Y precisamente en un post sobre comentarios.

Desde luego, en mi blog más o menos agoté las opiniones que tengo sobre el tema, que al fin y al cabo no son tantas. Cuando uno escribe, se da cuenta de que tiene menos opiniones de las que cree.

Reiteraré, en primer lugar, que es muchísimo más fácil escribir un post que comentarlo. Yo suelo comentar aquí y allá, y no lo hago porque mis comentarios valgan la pena, sino porque se que es una retroalimentación chévere que mantiene a los blós andando bien.

Hay algunos blogueros, sin embargo, que dan justo el pie para que uno ponga comentarios buenos. Uno resulta poniendo comentarios buenos en unos sitios y malos en otros, y el mérito en el primer caso es más del autor del bló que de uno.

Un excelente ejemplo es el blog del Juglar del Zipa. Muchas veces me he sentido ingenioso comentando ahí; pero es porque el Juglar le pone a uno todo en bandeja de plata. El Juglar es como un Pibe de los blós.

Uy, no, hagan de cuenta que no leyeron esa última linea. Es terrible, porque ni al Juglar le gustaría que lo comparen con el Pibe, ni a mi me gusta hablar de fútbol. Además, es vergonzoso que use una referencia tan vieja que muchos ya ni entenderán.