lunes, 3 de abril de 2006

Por qué me metí en la vaca-loca de la ingeniería

Recuerdo que cuando era niño (sí, todavía me acuerdo; en realidad no fue hace taaaaanto tiempo) el programa de televisión que no me podía perder era Mazinger Z.
          Grosso modo, trataba de un piloto rebelde llamado Koji Kabuto que tripulaba una enorme máquina antropomorfa (no era propiamente un robot porque carecía de inteligencia artificial) que defendía su ciudad de un genio malvado que se hacía llamar Dr. Hell.
          El proyecto Mazinger Z consistía en mantener la enorme máquina funcionando, conseguir los recursos necesarios (la super-aleación de la que estaba hecho Mazinger era muy difícil de procesar y de extraer: sólo la había en ciertas vetas del monte Fuji en Japón), mantener unas vastas instalaciones donde trabajaban desde científicos y técnicos hasta expertos en armas de destrucción masiva. Además había laboratorios de investigación aplicada y desarrollo (IA+D), todo esto organizado por un competente científico llamado Dr. Yumi, sucesor del profesor Kabuto, quien fuera el abuelo de Koji y creador de Mazinger.
          Como todo niño, tenía una inclinación natural hacia las máquinas y mucho del tiempo que debí haber invertido en estudiar matemáticas me lo pasaba especulando sobre cómo funcionaba la máquina por dentro, cuál sería su fuente de energía y lo más intrigante de todo: cómo demonios algo tan pesado y claramente nada aerodinámico lograba volar. Otra cosa interesante es que, a diferencia de los monstruos mecánicos enviados por el Dr.Hell y sus esbirros que eran controlados por control remoto o por una deficiente inteligencia artificial semiautónoma, el piloto de Mazinger compartía la suerte de su contraparte mecánica. Esto simbolizaba que la clave del éxito del proyecto estaba en que humanos y máquinas trabajaban en llave para cumplir cada misión, mientras que las creaciones del Dr.Hell eran como esclavos descerebrados abandonados a su suerte por sus grotescos amos.
          Otra cosa que me llamaba la atención era que el villano de la serie, el Dr.Hell, no fuera un militar golpista, un político tirano o siquiera un capo de la mafia yakuza. Al igual que el abuelo de Koji y el Dr.Yumi, el Dr.Hell era un ?científico?. Como quien dice, los protagonistas de la serie, los del verdadero poder para crear o destruir, eran estos ?científicos?. Este asombroso poder para transformar la realidad es lo más parecido a la magia que he conocido jamás, y se me hace más seductora que la que rodea al mito de Harry Potter.
          Ya mucho tiempo después, cuando estaba en bachillerato, me di cuenta de que lo que más me gustaba de estos personajes estaba más relacionado con la ingeniería que con la investigación científica. De pronto los productores de la serie no habían visto a muchos ingenieros ni científicos en su vida, porque los protagonistas de Mazinger parecían más sabios renacentistas que científicos (el Dr.Hell y el profesor Kabuto eran ingenieros, arqueólogos, científicos y quien sabe qué mas. Además el Dr.Hell debía ser un criminal bastante exitoso para financiar su costosísima operación con otros torcidos además de construir monstruos para atacar el laboratorio del Dr. Yumi.
          Cuando tuve que decidir, aunque siempre me ha gustado la ciencia, me metí a ingeniería feliz de poder enseñar a las máquinas a trabajar con nosotros.

10 comentarios:

Daniel dijo...

Mi ingreso a la ingeniería fue mas o menos parecido.

Cuando estaba en el colegio pensaba en cómo es que tanta cosa inalambrica funcionaba y me imagina como se vería el mundo si nuestro rango de luz visible fuera mayor.

Eso hacía parte de la mágia, mágia que quería descifrar, que deseaba conocer. Aun hoy, que medio conozco el por qué de esas cosas, sigo pensando que algo de mágico tienen.

César Augusto López dijo...

Meza, me encanta cuando escribís fresco, sencillo... ésos son los escritos que El Clavo quisiera tener.

Menos mal en tu época no existía Barnie, quién sabe qué hubieras estudiado.

hildebrando dijo...

muy bacano tu texto andrés, mas o menos me das elementos para cuando quiera escribir sobre un ingeniero - me das un perfil interesante -.......

leoluque dijo...

Es asombroso como algo tan serio y definitivo como
la carrera profesional, aquello a lo que le dedicaremos
años y años?la vida!!!! , se gesta en estímulos
aparentemente tan triviales como los que mencionas.

Sin embargo, no es muy osado suponer que cada cerebro
está predispuesto a responder con más vehemencia a
unos estímulos que a otros. A mí todo me interesaba,
pero especialmente la medicina y el arte?
uno de mis recuerdo más tempranos es el de estar dibujando
con lápices de colores la anatomía humana, aprendiéndome
músculo por músculo.

Estímulos? Un regalo de una caja de colores Prismacolor
en un cumpleaños y observar la anatomía de un tipo asesinado
a tiros cerca de mi casa?

Andrés, entrar a tu blog a sido un atrevimiento que me he
tomado. Espero ser bien recibido porque encuentro interesante
el tratamiento de los temas, las ideas y ?ni se diga- la maestría para escribir.

Aprendo mucha cosita.

rafico dijo...

Cordial saludo

Con tu permiso opino en este sugerente rincón.

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Las razones para seguir un oficio son tan compljas que no controlamos los caminos que tomarán despues nuestras decisiones.

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Respecto a tu post pasado. Yo también creo, que detrás de toda relación existe una intención, si su perspectiva creo, intenta abordar las distintas naturalezas de nuestra humanidad, en este mismo sentido, yo me pregunto a veces, porqué favorecemos a nuestros familiares y no a un desconocido? Hasta donde debe uno propender por su beneficio propio o por el de los demás?. Matices que nos hacen humanos, sin duda.

Hasta pronto.

Carlos Torres Tangarife dijo...

Hola Andrés.

Sólo una pregunta: ¿Te has convertido en una creación más avanzada del Dr. Hell o haces parte del Proyecto MEZAinger Z?

Uno de los dos tiene que parecerse más a tu realidad o tal vez a la nuestra

Camilo Andres Niño dijo...

Al igual que Daniel, pase por algo parecido en mi niñez. ¿Coincidencia? Una vez vi unas fotos de cómo se veían los girasoles a la luz ultravioleta, tal como los ven las abejas y me quede pensando precisamente en lo mismo que Daniel. Me la pasaba viendo los aviones de la segunda guerra mundial y soñaba con haber vivido en esa época para crear el mejor avión (que yo pilotaría). Me da risa acordarme de la rabia que le daba a mi papa que yo le pidiera carros de juguete para que después de jugar media hora con ellos buscara un destornillador y los desarmara de una vez dañándolos solo para saber como funcionaban.
Después me metí a la ingeniería en ves de a la ciencia pura por una mezcla de querer crear cosas tangibles y no quedarme varado de profesor, cosa que ahora revaluó, aunque se que el camino apenas comienza y esta lleno de opciones.
Con el conocimiento llega la conciencia de los cambios que se pueden lograr y la responsabilidad que ello implica.
La magia, como dicen, nunca se va a acabar, siempre va a estar la curiosidad por saber y entender (y en esto también van incluidas las personas), y siempre habrá algo más que conocer. Me pregunto cual será el limite, o si lo hay.

Estímulos? mi papa que cada vez que se iba la señal me ponía a arreglar el televisor, las revistas científicas que me fascinaba leer, y por que no, mcgiver, automan o el programa del enano científico que se echaba gel en los pies para saltar.

Siria dijo...

Ji...
Claro que tengo más cuentos... pero están "perdidos", tengo que encontrarlos.
Gracias por visitar mi blog.
Un cordial saludo.

Cristhian Carvajal dijo...

Que buen artículo Meza... La verdad no creo que mi llegada a la ingeniería halla sido parecida, pero de lo que si me acuerdo, es que no me perdía un capítulo de el auto fantástico y, por eso tal vez, soñaba con ser un gran mecánico y tener un carro como ese...Bueno, terminé de ingeniero electrónico, con ganas de hacer cine... algo de lo uno, un poco de lo otro.

Héctor Fernando dijo...

Mi llegada a la ingeniería fué por motivos similares y tomé esa nefasta decisión debido a Mazinger Z (o al menos eso me gustaría creer), y aunque no le recomiendo mi carrera a nadie y jamás voy a admitir que me guste; no podría vivir siendo otra cosa.