miércoles, 6 de julio de 2005

Las raíces del miedo

¿Cuáles son las raíces del miedo? ¿Hay más de un miedo? Abro aquí la discusión:
    En primer lugar, propongo el miedo a perder aquello a lo que estamos apegados, que nace de la creencia de que nuestra felicidad está sometida a la posesión de cosas o de relaciones con otras personas. Pensar de esta forma es la que nos lleva a un ataque de pánico al imaginarnos sin celular por un par de días o tras una catastrófica caída de Internet que nos aleje del correo electrónico. Como con todas las adicciones, ya sea a la coca-cola, al combo 1 (tinto + cigarrillo) o a otras variantes recreativas de origen vegetal, decimos que podemos dejar nuestros apegos cuando queramos, que no controlan nuestras vidas.
    Como muy bien expuso Adapar el desapego sería la única forma de vencer esta expresión del miedo. Uno de los preceptos fundamentales del budismo dice más o menos que el deseo (entendido como apego) es la raíz del sufrimiento. Si nos desapegamos, si nos preparamos para dejar libres aquellas cosas o personas que queremos, en teoría podremos amar sin caer presas del miedo a perder. Fácil, ¿no?
    En segundo lugar, podríamos hablar del miedo a lo desconocido. Yo diría que bien manejado, este tipo de miedo es la voz de la prudencia que no está de más escuchar. Sin embargo, repito que hay que saberlo manejar porque las situaciones desconocidas son fuentes de amenazas pero también de oportunidades. Si nunca sobreponemos nuestro temor a lo desconocido jamás conoceremos a personas fuera de nuestro círculo ni conoceremos otras opciones distintas a las que los comerciantes y políticos nos quieran meter por los ojos. Esta clase de temor es el combustible (aunque no la única causa) de la xenofobia, de las luchas de clases y de la violencia.
    Creo que aquí la clave está en correr riesgos calculados, aunque de vez en cuando no viene mal un salto al vacío, ¿cierto? Pienso que en la medida en que vayamos teniendo éxitos y que vayamos comprobando que un estrellón no es el fin del mundo, nos vamos tomando confianza para perderle el miedo a lo desconocido.
    En tercer lugar, yo propongo el miedo a lo que no nos gusta de nosotros mismos. Los mejores ejemplos que se me vienen a la memoria son el vecino de "American Beauty" y Adolf Hitler. En el primer caso, el tipo le tenía un terror inconcebible a aceptar su propia homosexualidad, por lo que trataba de reprimirla rayando ya en lo obsesivo. En otras palabras, homofóbico por fuera, pero gay vergonzante por dentro. En el caso de Hitler, algunos han tratado de ver en su odio por los judíos algo más que otro ejemplo más de su oportunismo descarado (dijo lo que muchos Alemanes querían oir). Algunos investigadores han especulado acerca de que Hitler tuviera, al menos en parte, sangre judía o gitana, lo cual podría explicar por qué buscaba distinguirse de estas etnias convirtiéndose en un entusiasta perseguidor de minorías, también llegando a extremos obsesivos. Tal vez Hitler creía que siendo pelinegro y bajito (todo lo contrario de sus SS monos, altos y ojiazules) era la única forma de que a nadie se le ocurriera acusarlo de ser judío. ¿Quién sabe?
    Aquí creo que toca hacer de tripas corazón y darse la pela de conocerse a sí mismo. Si hay algo en nosotros que no nos gusta, nunca dejaremos de verlo reflejado en todo lo que nos rodea, por lo que la mejor jugada parece ser aceptarse a sí mismo como uno es. Si hay algo que podamos hacer para cambiarlo, perfecto (un régimen de abdominales suelen ser el remedio para el ?síndrome de Michelín?), pero si no es así, la aceptación suele ser la única salida para convivir con las cosas de las que no podemos alejarnos.
    ¿Habrá otros tipos de miedo?

6 comentarios:

César López dijo...

Creo que el miedo nos limita pero a la vez nos da cierta via, nos orienta. Discrepo con la comparación que se hace con Hitler, en gran parte había razones económicas y de orden global (eran, a mi forma de ver las razones de la organización Nazi) las cuales nada tenían que ver con que este tipo fuera de descendencia Judía así como los negros no quieren a otros negros.

Interesante el punto de vista de Andrés y le gradezco la reflexión que convoca con este espacio de "libertad".

ApoloDuvalis dijo...

De acuerdo en que un loco fanático como Hitler pudo ejecutar su "solución final al tema judío" porque las condiciones económicas, sociales y políticas de su tiempo le fueron propicias. Sin embargo, mi punto es que su animarversión contra los judíos no se debía sólo al oportunismo (aprovechar cierto antisemitismo que ya era común en Europa para que la gente se identificara con su causa), sino que también debió tener razones personales para odiar a los judíos. Una especulación basada en trabajos de varios autores consiste en que Hitler tuviera antepasados judíos de los que se avergonzaba, lo cual explicaría en alguna medida su reacción. Justamente es esta reacción la que yo atribuyo al miedo, más específicamente al miedo a enfrentar lo que no nos gusta de nosotros mismos.

Nelson Enrique Quiceno Arce dijo...

Desde mi punto de vista, el miedo es uno solo y representa una barrera natural impuesta o autoimpuesta para llevar a cabo alguna actividad. Nos escudamos en el miedo para no dejar ir a una persona con la cual ya dejamos de compartir lo que nos unía, para no enfrentarnos a nuevos retos o para evitar la interacción con los demás. No se debe confundir el miedo con el sentido común, nadie en sus cabales se arriesgaría a perder la vida, el trabajo, la pareja, si no es lo que realmente está buscando. A veces tomamos riesgos y como consecuencia de ello obtenemos resultados positivos o negativos, pero siempre aprendemos.

Andrés David dijo...

Como nota sobre Hitler, vi esta reseña de "La Caída", película alemana sobre los últimos días del Fuhrer: http://semana.terra.com.co/opencms/opencms/Semana/articulo.html?id=88640

L dijo...

Interesante este tema. Una amiga dice que para descubrir las raíces del miedo hay que fijarse en dónde se lo siente, por ejemplo si se siente a la altura del pecho es miedo a ser herido o a perder a alguien amado, distinto del que se siente en el estómago.
Estoy creyendo que la recompensa de los porrazos es la "frescura", a la próxima uno se arriesga con más tranquilidad porque sabe que de eso ya no se muere, así no se entregue como antes, pero es justo se entrega algo para recibir otra cosa (o experiencia) a cambio.

satiemu dijo...
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