lunes, 14 de abril de 2008

La generación perdida

Yo suelo burlarme de mis amigas veinteañeras diciendo que la humanidad puede darse por extinta si dependiera de su generación. Las razones van desde que no tienen ni idea de cómo preparar la trilogía de supervivencia que todo soltero debe conocer (huevos revueltos, arroz y espaguetis con atún), hasta que no pueden bailar más de dos horas sin descansar (su estado físico da lástima).
          Sin embargo, me parece que quienes los critican diciendo que son una generación perdida tal vez exageran. Dicen que son peligrosamente ignorantes porque no leen, pero yo apostaría a que leen más que la generación inmediatamente anterior (la de la guayaba), en la cual fuimos ahí sí embrutecidos a punta de miles de horas de televisión. Es más, me asombra que no haya por ahí más de una empresa de algún treintañero llamada Los Gemelos Fantásticos o Capitán Centella (aunque sé de un bar en Bogotá llamado “Sayaka” como la novia de Kouji Kabuto, piloto de Mazinger-Z ). Bueno, decía que leen más que nosotros (mucho más). Ahora los veinteañeros se la pasan chateando, feizbukiando, tuiteando, blogeando (y lo sé porque me la paso chateando, feizbukiando, tuiteando y blogeando con puros veinteañeros), es decir, que no sólo leen más de lo que nosotros ‘los guayaba’ lo hicimos, sino que además escriben muchísimo más. El punto a discutir sería qué demonios es lo que leen y escriben.
          Creo que toda generación siempre se queja de la que le sigue porque no hace lo que ellos hacían, pero es que las condiciones cambian y los que van llegando ya no tienen las mismas opciones ni intereses que antes. ¿Pero qué podemos esperar si lo que siempre se les enseñó fue a buscar soluciones inmediatas a problemas de corto plazo? Obviamente buscan lo que les proporcione una gratificación inmediata y prefieren algo no tan bacano con tal de no esperar. Esa es una de las razones por las que prefieren la comida chatarra a algo más elaborado (incluso cuando la chatarra es más cara) por la impaciencia. También que prefieran relaciones relámpago de un par de semanas en lugar de esperar la gratificación de una relación más plena construida durante meses o años, simplemente porque les da mamera esperar taaaaaanto. Y por eso votan por el que promete resolver mágicamente en un par de años un problema que lleva más de 50 (y le creen).
          Para mí, el verdadero problema está en que los veinteañeros (y los que vienen detrás de ellos) no tienen una conciencia histórica ni de los procesos. Como llevan tan poco tiempo en el terreno de juego, todavía no saber por qué pasan las cosas, y pues es natural que caigan en las promesas de los comerciantes y candidatos. Por eso el mesías de turno es aclamado por los ingenuos que no tienen memoria de cuán cuestionado fue ese mismo personaje en el pasado y no tienen cómo relacionar que las medidas de corto plazo que parecen tan urgentes hoy pueden tener consecuencias no deseadas (e incluso más graves que el problema que pretenden resolver) a largo plazo. Y bueno, uno esperaría que con el tiempo los jóvenes fueran aprendiendo que no todo lo que brilla es oro y que nada es para siempre.
          Lo verdaderamente escandaloso es que todavía haya cuchos de 40 y 50 años que son tan ingenuos para creer que la vida es en blanco y negro y que el mundo se divide en buenos y malos. Y según eso, la perdida no es esta nueva generación sino varias hacia atrás.

martes, 18 de marzo de 2008

Un vuelo entre furibistas

El domingo me estaba yo sentando en el vuelo Cali – Bogotá de las 8:00 p.m. cuando me sorprendió una conversación en el puesto de adelante. Una señora indignadísima le decía al vecino del otro lado del pasillo algo como:


  • Me parece el colmo que esa señora venga en este vuelo. Yo jamás aceptaría sentarme al lado de ella.

Cuando yo empezaba a especular que la persona en cuestión a) sufría de algún apocalíptico caso de flatulencia crónica o b) que era desmesuradamente obesa y necesitaba dos asientos para poderse sentar, otra frase me lo aclaró todo. Cuando mi vecina de adelante por fin logró calmarse lo suficiente como para sentarse, su hija de 10 años le preguntó:


  • Mami, ¿y por qué no te sentarías al lado de ella?

  • Pues porque está en contra de nuestro gobierno y alguien así debería irse del país si no está de acuerdo.

Suficiente ilustración. Cuando llegamos a Bogotá a reclamar las maletas corroboré que la persona de la que hablaban era Piedad Córdoba, envuelta como de costumbre en sus telas rojas y acompañada de una agente de policía que hablaba por su radio tan apasionadamente como si estuviera narrando la final de la Copa Libertadores. Lastimosamente la más mundana preocupación por mi maleta (más pequeña que los sarcófagos que muchas señoras consideran equipaje de mano) no me dejó seguir observando las reacciones de la gente, y cuando me volví a fijar ya la senadora, sus maletas y la agente que la acompañaba habían desaparecido.
          Lo que más me sorprendió no fue que ella estuviera en Cali y no por ejemplo en Caracas, sino que no es la primera vez que pasa esto. Reconozco que desde que Piedad Córdoba se muestra tan amiga de Chávez y la acusaron falsamente de tener nacionalidad venezolana me causa cada vez más desconfianza lo que ella hace y dice pero, hasta donde entiendo, está en todo su derecho de hacerlo.
          Precisamente lo que más me causa gracia es que cuando Uribe se emputa porque le dicen fascista y paramilitar, lo primero que dice es que antes agradezcan que en este país todas las corrientes ideológicas tienen garantías para funcionar. Y entonces resulta que el supuesto facho hace lo imposible para no dar papaya para que sean sus incondicionales seguidores los que lo hacen quedar mal (salieron “más papistas que el Papa”). Ahora yo no pretendo que todos estemos de acuerdo con Piedad Córdoba, pero hasta donde me acuerdo la Constitución establece la separación de Estado e Iglesia, y aunque a los furibistas los indigne que no todos traguemos entero la palabra divina de su Mesías, esa separación consagra que la disensión no sea considerada delito.
          Es que vivir en democracia no es aplaudir automáticamente cada acción del líder del gobierno como se esperaba en la Alemania Nazi, sino en respaldar los aciertos y criticar los desaciertos de alguien que, por bien intencionado que lo creamos, es un funcionario público que en su excesiva diligencia es propenso a meter la pata. Comparado con anteriores presidentes, me parece preferible que tengamos un presidente que hay que estarlo atajando para que no la embarre a tener que estarlo empujando para que haga su trabajo. Pero por eso mismo debemos consentir que representantes elegidos democráticamente hagan su trabajo de criticar al presidente, siempre y cuando lo hagan dentro del marco de la legalidad. Si no es Piedad Córdoba o alguien del Partido Liberal o del Polo, ¿entonces quién? ¿José Obdulio?

lunes, 10 de marzo de 2008

¡Abaaachoooo!


De entrada digo estoy de acuerdo con el Gobierno en haber preferido violar la soberanía de otro país a arriesgarse a que Reyes se volara por sexta vez. Era lo ‘menos pior’. Correa quería hacer pasar el campamento de Reyes como poco más que una inocente piyamada en plena selva, pero todos sabemos que independientemente de lo que estuvieran haciendo, a estos delincuentes había que echarles mano y que no se iban a entregar precisamente sonrientes. Para hacerlo, se violó la ley internacional (que es lo único que medio nos protege de las guerras territoriales) y en consecuencia Uribe tuvo que ponerle la cara a un vecino que protestó con toda la razón.


La cagada


Sin embargo, las acusaciones contra Correa sí me parecieron una cagada monumental. ¡Por Dios! ¿Es que Uribe ni el Canciller se vieron Harry Potter 5? ¿Es que no ven que es preferible tratar de ganarse al contrario mientras tenga todavía algo qué perder? Ya que ellos no tienen formación en política internacional de pronto le hubieran podido aprender algo a Albus Dumbledore y nos hubieran ahorrado otra metida de pata de este Gobierno. Lamentablemente, parece que Uribe sólo escucha a sus incondicionales furibistas que aplauden rabiosamente tengamos “presidente berraco” porque “es mejor pedir perdón que pedir permiso”.
          Uribe es el primero en emputarse cuando alguien le saca en cara los insistentes rumores que lo vinculan con paramilitares, pero ni siquiera se sonroja al acusar al presidente de un país vecino de colaboración estrecha y continua con “la Far”. Una cosa es acusar sin pruebas a los que le incomodan en la política local (como hizo su gobierno contra el precandidato presidencial Rafael Pardo, quien no se la dejó montar y obligó al Gobierno a retractarse), pero es que las relaciones internacionales ya le quedan muy grandes al manejo de hato ganadero a la que Álvaro parece ser tan afecto.


Los argumentos de Correa


Independientemente de que no nos guste Correa y que desconfiemos profundamente de sus permanentes sonrisitas con Chávez, el presidente del país vecino planteó dos cosas que me parecieron muy sensatas:
          Primero, que las Farc no son su problema. Al fin y al cabo, son un país bastante más pobre y emproblemado que el nuestro como para tener que además invertir dinero y hombres en cuidar que no se nos vuelen los delicincuentes, así, de puro chévere. Si nuestro ejército, que de lejos es el más fogueado y mejor equipado de la región, no ha podido acabar con las columnas de las Farc que juegan al escondite en la frontera, no es porque no quieran desesperadamente mostrar un resultado como los de las últimas semanas, sino porque esa selva es demasiado difícil para hacer un rastreo efectivo y oportuno. ¿Cómo vamos a exigirles a ellos que triunfen donde nosotros apenas ahora lo estamos logrando después de como 30 años de estar en esas?
          Y segundo, que los 40 ataques de las Farc desde la frontera Ecuatoriana que mencionó Uribe no han sido sólo durante este gobierno sino desde hace más de tres gobiernos para atrás de todas las pelambres y no solamente desde éste que es bastante afín ideológicamente con la guerrilla y con Chávez. Si la intensidad de los ataques se hubiera disparado desde el gobierno de Correa, vaya y venga, pero al no ser así es simplemente un hecho circunstancial que no sirve como argumento para acusar a Correa de guerrillo.


Las pruebas


Por último, las cartas de los computadores de Reyes no son evidencia sino el testimonio de un delincuente (así sea involuntario como en este caso) que debe contrastarse con otras fuentes independientes, con evidencias y con reportes de inteligencia para ganar validez. Pretender que en sí mismas estas cartas sean una prueba reina validaría de inmediato otros indicios más contundentes como las fotos donde sale Uribe con los hermanos Ochoa en eventos ecuestres o el testimonio de Virginia Vallejo que lo vincula con Escobar, lo cual es evidentemente ridículo. Lo que he aprendido de CSI (que también deberían ver Uribe y sus ministros además de Harry Potter) es que esta información, o al menos algunos datos clave, se guardan como reserva del sumario para ver si otros indicios los confirman o refutan, y así evitar que venga otro avivato a repetir lo que oyó en televisión presentándose como testigo quién sabe con qué intenciones.


¡Abachooo!


Dicen que hay que tener cerca de los amigos, pero que a los enemigos toca tenerlos todavía más cerca. Muchos de nosotros desconfiamos profundamente de Correa y de Chávez en el tema de las Farc, y precisamente por eso es que se deben propiciar las risitas y los abrazos del viernes en la cumbre del Grupo de Rio, en lugar de la ruptura de relaciones. Es preferible que el otro colabore por pena (así sea de dientes para afuera) y permita la observación internacional a que le demos papaya para que haga el papel del ofendido y nos deje sin saber en qué anda.

jueves, 28 de febrero de 2008

Cómo hacer sonrojar a un reggaetonero

He aprendido que la diferencia entre un artista y un artesano es que un artista propone algo nuevo o le da la vuelta a las cosas ya conocidas, mientras que el artesano, a partir de una obra de arte original, repite una y otra vez la receta. Eso no significa que yo tenga algo en contra de los artesanos porque me encantan las películas de Hollywood (que casi siempre son productos artesanales de altísimo presupuesto y no arte), los Mac y la ropa de Arturo Calle.
          Sin embargo, también me gusta disfrutar del trabajo de un buen artista, que trabaje para la gente (porque yo soy muy gente) y no para una reducida comunidad artística. Como dice Tom Wolfe, parece que los artistas contemporáneos pensaran que entre más rechazo cause una obra suya entre el público ignorante, más geniales van a ser considerados por la crítica y sus pares artistas (la incompetencia impostando la genialidad). Y hay un artista en especial que sabe combinar muy bien las propuestas arriesgadas con el éxito comercial: Andrés Calamaro.
          El tipo es un maestro. En su último trabajo incluyó una canción (“Soy tuyo”) que describe escenas dignas de película porno hardcore, tan sucias y explícitas que harían sonrojar al reggaetonero más desinhibido, pero lo genial es cómo lo dice. Calamaro logra con letra y música expresar lo que todos estamos pensando, pero de tal forma que todas las mujeres a quienes he puesto a escuchar la canción coinciden en que les encanta (“¡¡Diviiinooooo!!”).
          El “poeta malhablado” volvió a “desenvainar las espadas del texto y escribir una canción aunque no haya algún pretexto”. Andrés, sos grande.


sábado, 16 de febrero de 2008

Los trabajadores del futuro

Leyendo la reflexión de mi primo sobre los emprendedores (Emprendiendo en Colombia) me quedé pensando en que de verdad los emprendedores deben ser genéticamente diferentes del resto de la gente como dice Orlando Rincón. Esta es la clase de mutaciones que hace que ciertas personas encuentren placer en los deportes extremos (cuando muchos los practicamos sólo por penita de ser tan gallinas), que liberan varios litros de adrenalina cuando cierran una venta (el extremo completamente opuesto a mi trabajo soñado), o que se crecen cuando actúan para una multitud, entre más grande mejor, como Freddie Mercury (exactamente lo contrario a Kurt Cobain y la vasta mayoría de nosotros).
          Por eso me parecen curiosas las afirmaciones de las universidades, que de dientes para afuera dicen querer fomentar el emprendimiento, pero en el día a día de los programas que ofrecen a los estudiantes sólo repiten el patrón concebido desde los albores de la revolución industrial: cumplir horarios, cumplir asignación de tareas, cumplir con el conducto regular dentro de una jerarquía... por eso no me extraña que algunos de los emprendedores más exitosos se hayan ido espantados de la universidad a montar un chuzo en el garaje de los papás.
          Por otro lado, también conozco de cerca el caso de un amigo que siempre soñó con tener un empleo que le diera estabilidad (tanto económica como laboral) y se resistió como una pantera a convertirse en “emprendedor por necesidad”. El caso de mi amigo es muy similar a de muchos de nuestros padres que siempre nos decían que su ideal era que consiguiéramos un buen empleo en una multinacional para toda la vida, con un buen sueldo y todas las prestaciones (unas condiciones en peligro de extinción en la mayoría de las empresas) y que cuando lo veían a uno intentado emprender un negocio sólo atinaban a decir, “mijito, por qué no se consigue un trabajo de verdad, uno donde sí le paguen”.
          Pero, ¿cómo conciliar las expectativas de nuestros supuestos mutantes con el resto de los homo sapiens normalitos? Pues en mi experiencia los emprendedores que nunca fueron empleados suelen ser tan arrogantes y faltos de tacto que consiguen más problemas que ventajas con su actitud. Se me ocurre que un año o dos como empleados les ayudaría a los futuros emprendedores a aprender cómo funciona una empresa por dentro y qué se siente tener un buen o mal jefe, qué normas tienen un sentido y qué otras son innecesarios productos de las ganas de joder de algún burócrata. Al fin y al cabo los emprendedores potencialmente se conviertan en jefes con el tiempo, y ayuda mucho saber cómo NO se hacen las cosas.
          Por otro lado, mucha gente suele envidiar a los empresarios que mejoran con los años sus condiciones de vida, sin detenerse a pensar que su propio estancamiento económico y la eventual prosperidad del otro es la consecuencia natural de correr o no riesgos (la rentabilidad es directamente proporcional al riesgo). Por eso quienes se sienten cómodos en su papel de empleados pueden encontrar en el experimento de montar un negocio que después de todo, nada es gratis y apreciar que sea otro quien corra los riesgos que le permiten tener una estabilidad que no tendría afuera.
          En mi caso personal, yo he encontrado que el equilibrio perfecto está en ser empleado (ojalá medio tiempo o por horas como los profesores hora-cátedra) y al mismo tiempo tener uno o más negocios propios funcionando. Muchos dirán que a menos que le apueste con todo a uno de los dos enfoques no voy a ver grandes resultados, pero creo que emprender de se trata justamente de experimentar, evaluar, corregir y volver a experimentar. Combinar los enfoques es mi experimento.
          Y bueno, quién sabe si el futuro nos depare un mundo de PYMEs o si por el contrario todos nos convirtamos en empleados de una o dos megacorporaciones chinas. Yo le apuesto a una combinación de ambos escenarios, y las universidades deberían preguntarse a qué le apuestan.